Nos pasa con buena parte de las cosas que definen nuestra vida cultural: pensamos que han existido desde siempre, o que han existido desde hace tanto tiempo que su práctica, a menudo inmemorial, se remonta a los orígenes mismos de la humanidad. Y sin embargo a menudo son invenciones recientes o son, en términos comparativos, con respecto a la aparición de los humanos, casi irrelevantes. Pasa, de modo eminente, con la escritura, que tan a menudo consideramos como una invención que define la humanidad en lo que es. Y, aun así, visto con perspectiva, la escritura es como un minúsculo archipiélago, casi insignificante, en términos cuantitativos, tal como señaló George Steiner en ‘Extraterritorial’, «en medio de los inmensos océanos de la oralidad humana». En realidad, como él mismo escribió tan bellamente, «decenas de miles de años antes de la elaboración de las formas escritas, la humanidad se contaba fábulas, transmitía doctrinas religiosas y mágicas, componía brebajes de amor o anatemas [. ..]. Conocemos un ejército de comunidades étnicas, de mitologías sofisticadas y de tradiciones populares […] sin alfabetismo, sin auténticas letras».
De hecho, cuando la escritura apareció, como ocurre a menudo con cualquier invención técnica, no fue celebrada inmediatamente con entusiasmo y unanimidad, sino que, más bien, fue recibida, en los lugares donde se produjo, con grandes recelos y sospechas y con la conciencia, incluso, de sus peligros. Como si, con esta reacción, las comunidades que vivieron la aparición de la escritura fueran conscientes de que, con ella, en parte, dejarían de ser lo que hasta entonces habían sido y entrarían en una nueva era. Y, a la postre, así fue, realmente. Eric Havelock, en un libro de título maravilloso, ‘La musa aprende a escribir’, ya estudió, con el caso particular de los antiguos griegos, cómo el pasaje gradual al mundo de la escritura fue vivido como una auténtica intrusión, de la que tenemos, explícitamente, muchos textos de testigo.
El mismo Sócrates, que voluntariamente no escribió ni una palabra, aunque no dejó de hablar, ¡y parece que mucho!, durante toda su vida, es uno de los primeros testigos de los que tenemos constancia histórica de una aprensión y reticencia frente a la escritura por su incapacidad para retener y reflejar la riqueza y la vida del pensamiento y de la expresión oral. Incluso el mismo Platón nos dejó algunos textos en los que este recelo parece sugerir que lo más relevante del trabajo intelectual en el seno de la Academia nunca fue puesto por escrito, y que los textos divulgados no pueden ser considerados sino como un rastro pálido y muy insuficiente de todo lo que, allí, se hablaba e investigaba.
Cualquiera de nosotros, aún hoy, puede sentir esta dificultad de la escritura para retener la vida oral del pensamiento cuando leemos la transcripción de una conversación nuestra: lo que queda, en el registro escrito, es sólo el esqueleto esquemático de alguna cosa que ha dejado fuera las variaciones de intensidad de la voz, la gestualidad del cuerpo, la respiración, las pausas…
Por ello, últimamente, hemos vuelto a las sesiones orales, en las clases, lecciones y conferencias de algunos pensadores, para descubrir la intensidad de la vida del pensamiento que se expresa, a veces a tientas, con una energía que no siempre tienen sus publicaciones escritas. Y, así, hemos descubierto, con fascinación, los textos de las intervenciones orales de Foucault y Derrida, Barthes y Deleuze, como antes de Lacan, que nos ilustran, tal vez más que sus libros, la energía del pensamiento a la búsqueda de la palabra justa: el acto mismo de pensar.
ARA









