Escucho la versión de ‘Long may you run’, de Neil Young, traducida por Isidor Marí como ‘Aguanta fuerte’. La canta Falsterbo Marino en un magnífico CD de 2001. Este trabajo, musicalmente muy bien arreglado y con excelentes colaboraciones, también lleva el nombre de una expresión de la misma canción: ‘Corazón de cromo’. Y con todo eso ya sé cómo debe comenzar el artículo que hace días tengo en la cabeza:
«Aguanta fuerte, aguanta fuerte
Por mucho que cambie todo.
Con el corazón de cromo brillante bajo el sol,
Aguanta fuerte»
Sí, el lector ya lo ha adivinado: quiero hablar de las elecciones españolas de este domingo. A la gente que tenemos la cabeza más en el futuro que en el pasado, se nos hacen cargantes. Parecía que ya habíamos pasado página. Competir todavía con los que mienten impunemente diciendo que en las escuelas catalanas está prohibido hablar español y atizan el odio contra Cataluña, da pereza. Hacerlo con los que sólo vienen a recoger votos para después, ante el primer fracaso personal, irse de vacaciones a Miami, cansa. Ir a votar para evitar que ganen los que han sido propulsados generosamente por los poderes que quieren que todo cambie para que todo siga igual, fastidia. Tener que escuchar discos rayados sobre un referéndum que ya se nos ha dicho por activa y por pasiva que no quieren, es aburrido. Y, claro, no es fácil animar a votar expediciones que sabemos que predicarán en el desierto.
Las elecciones del domingo, además, atrapan al país en un momento de incertidumbre política por las dificultades de llegar a un acuerdo para hacer gobierno, y con la duda de si no sería mejor una nueva convocatoria para marzo. ¿Cómo quieren que nos tomamos este remake electoral español donde lo viejo se vuelve antiguo y lo nuevo nace obsoleto? Y, sin embargo, hay que ir a votar porque, como no se cansa de repetir el presidente Artur Mas, en el camino hacia la independencia sólo tenemos una fuerza: la que se deriva del voto. Votar, votar y volver a votar tantas veces como haga falta, hasta la victoria final.
No es cierto que el independentismo retroceda. Pero está desconcertado por tres evidencias enmascaradas por el entusiasmo. Primera, constató la magnitud de la fuerza de un adversario capaz de aguar la victoria del 27-S. Segunda, ha descubierto la dureza de los límites que hay que superar a la hora de ampliar su base social. Y tercera, tiene que asumir que habrá que imponer un cambio de velocidad al proceso y dotarle de una nueva estrategia. La prisa que tenemos es la misma -sí: mucha prisa-, pero el camino es más empinado de lo que algunos podían haber imaginado. Hace años, Joan Francesc Mira, para explicar las dificultades de la política valencianista, se refería a la navegación a vela, que, cuando no tiene el viento a favor, avanza en zigzag. Es decir, sin poder apuntar directamente a puerto. Es una buena imagen. También está el caso de aquella expedición manresana que, a punto de la cima, decidieron retroceder para atender al accidentado de otra cordada y volver más adelante. El camino a la independencia no sólo lo queremos estrictamente democrático, sino que lo queremos con un alto compromiso ético, que en este caso quiere decir respetando el viejo principio fundacional «Cataluña, un solo pueblo».
Los que queremos la independencia no nos podemos permitir que nos dé pereza ir a votar el próximo domingo. Este es un esfuerzo realmente menor. Pide el tiempo de ir a tomar una cerveza. Exige la misma disposición mental de elegir la cerveza que tomas habitualmente. Francamente: no sería razonable que un gesto menor acabara entorpeciendo la gran maniobra de fondo, aunque ahora hagamos zigzag. Aguantemos fuerte. La independencia debe mostrar que tiene el corazón de cromo, un metal duro y a la vez frágil, brillante y muy resistente a la corrosión.
ARA








