El pasado domingo, el señor Antonio Elorza, catedrático de ciencias políticas en la Universidad Complutense de Madrid, en un artículo publicado en el diario El País, acusaba tanto al gobierno español como a los historiadores demócratas de mantener un silencio cobarde ante la ofensiva sediciosa de la Generalitat en general y de los historiadores catalanes en particular. Con sólo una excepción: «Sólo un gran articulo de Santos Juliá». El gran artículo del señor Santos Juliá a que se refiere el señor Antonio Elorza es un exabrupto publicado igualmente en el País y ligeramente mejor escrito que el del señor Elorza, contra Josep Fontana, que últimamente se ha convertido en el asno que recibe todos los golpes, todos los golpes del nacionalismo historiográfico español, fuera y dentro de Cataluña. Fontana, justamente porque es el historiador catalán con más prestigio y proyección, por su larga y sólida trayectoria historiográfica e intelectual, se ha convertido en efecto el objetivo a abatir, porque si lo abates, abates con él lo mejor de la historiografía catalana.
Los ataques están cortados todos por el mismo patrón: el historiador ayer de izquierdas y marxista y hoy abiertamente nacionalista ha sustituido como motor de la historia la lucha de clases por la identidad colectiva. Y ello, además, en total contradicción con lo que habrían sido las posiciones historiográficas y políticas de su maestro, Jaume Vicens Vives. «Jesús, Jesús», escribe el señor Juliá, «las cosas que hemos visto: un marxista de estricta observancia contando una historia al modo de un nacionalista romántico. ¡Ay, si Vicens Vives levantara la cabeza!». De Gabriel Tortella Antonio Elorza, pasando por Santos Juliá, la intención -que no la argumentación, porque no la hay, no hay argumentos- es la misma: anatematizar a Fontana, porque si se impugna a Fontana -y no con «hechos», como reclama el señor Santos Juliá, sino con descalificaciones y desprecio-, se impugna la historiografía catalana en su conjunto, dado el papel central que éste ocupa en la misma.
Gabriel Tortella aún ha hecho una reseña decente, académica, del último libro de Josep Fontana, el dedicado a la formación de la identidad catalana y que ha vendido ya cerca de veinte mil ejemplares, todo un éxito editorial para un libro en catalán y , más aún, para un libro de no ficción, para un libro de pensamiento, publicado justamente cuando más necesario era. La reseña de Tortella es muy crítica, negativa, pero correcta. No le gusta el libro, no le gustan ni las tesis ni las conclusiones ni las lecturas que se pueden hacer, y lo dice. Pero trata al autor con respeto y reconoce su trayectoria y su honestidad intelectual. Los dos escritos de los señores Juliá y Elorza no son ni correctos ni decentes. Son dos libelos indecentes, que destilan un profundo desprecio contra Fontana y los catalanes -disimulado con la referencia y la utilización interesada de otros historiadores catalanes críticos con el catalanismo- para consumo interno de la parroquia a la que van dirigidos, que es una antigua progresía en decadencia -la representada por el diario en que escriben-, superada por los nuevos tiempos -no deja de ser significativa la obsesión del señor Elorza con los impulsores de Podemos, compañeros suyos en la facultad de ciencias políticas, o la del señor Juliá con las valoraciones críticas de la Transición, periodo o régimen político del que fue un importante corifeo y es hoy uno de los principales guardianes de su memoria, tan llena de oscuridades-, pero que aún se estremece con todo lo que suena a catalán y se entusiasma con cualquier ataque a Cataluña y a los catalanes, sobre todo si es ‘ad hominem’ e incluye el nombre de Josep Fontana, Borja de Riquer y tantos otros.
Hace unos años, en París, el señor Antonio Elorza dijo una vez, durante el café que suele seguir a muchos de los seminarios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, que ningún historiador catalán estaba capacitado para hacer una historia objetiva de Cataluña, y Fontana menos que nadie, porque todos los historiadores catalanes eran, en mayor o menor grado, catalanistas. Cuando traté de hacerle ver que la misma argumentación se podría utilizar para la historia de España y los historiadores españoles, que también podrían ser considerados, en mayor o menor medida, españolistas, su irritación no pasó a mayores por la presencia de los colegas franceses, que nos escuchaban con curiosidad entomológica.
La cara del señor Juliá y el señor Elorza es que son dos historiadores nacionalistas, españolistas, que no se quieren reconocer como tales, y que reservan la acusación de «nacionalista» para el contrario, para los que no entienden la historia de Cataluña ni la de España, como ellos la entienden. No utilizan «hechos», que es lo que reclaman los demás, sino «narrativas», que es de lo que acusan a los demás. Y lo que hacen los dos, y muchos otros, es repetir y reelaborar, adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas sensibilidades, una narrativa que es muy antigua, la narrativa de España, ya formulada en la obra, ‘De rebus Hispaniae’, de un arzobispo de Toledo del siglo XIII, Rodrigo Jiménez de Rada.
Los señores Santos Juliá y Antonio Elorza, juguetes rotos del régimen de la Transición, han sido y continúan siendo fervorosos turiferarios, deben pensar que España y su historia remontan al tercer día de la Creación, si no antes [en definitiva, otro colega y, en este punto, correligionario suyo, Fernando García de Cortázar, no se corta -para dejar las cosas claras- por subtitular su ‘Historia de España. De Atapuerca al euro’]. Por ello, plantear la ruptura de España -con la secesión de Cataluña-, o simplemente cuestionar la narrativa de España, el guión de la historia de España, elaborado a lo largo de los siglos, desde el obispo Jiménez de Rada, contar una historia diferente o un poco más matizada, menos unitarista, va contra la historia y seguramente también contra el orden natural. No se puede romper, ni ahora ni nunca, ni menos aún por la fuerza de los votos, lo que ha existido desde el principio, como el Verbo. Claro que, aquí, el señor Santos Juliá y el señor Antonio Elorza ya no piensan, ni escriben, como historiadores, sino como hooligans, como hooligans de España.
Lo que más les ha irritado a los dos, y a muchos otros que también se han despachado a gusto, ha sido el congreso ‘España contra Cataluña’. «Ningún Ejemplo mejor que el Congreso», escribe el señor Elorza, «luego publicado y difundido por YouTube, donde unos historiadores más prestigiosos y otros que lo son menos, ilustran no solo el “España contra Cataluña”, sino también el España contra Valencia y las Baleares. Es un plan ideado por Sabino Arana: radicalizar a los regionalismos con el fin de destruir el Estado español. Ahora desde los Países Catalanes, con Galicia como artista invitada. El libro está editado por la Generalitat. Ante esta ofensiva, tanto el Gobierno como los historiadores demócratas, silencio. Solo un gran artículo de Santos Juliá”. Les irrita particularmente que ya no sean sólo los historiadores del Principado, sino también los del País Valenciano y las Islas, quienes cuestionan la narrativa de España, quienes dan también otra visión de cómo se ha organizado y construido políticamente España en los últimos trescientos años. La cosa, ciertamente, les ha llegado al alma.
Y eso me ha recordado otra anécdota antigua. Aún en pleno franquismo, al final de un recital que había dado Raimon en la Universidad Complutense de Madrid y al que habían acudido destacados líderes de la oposición al régimen, uno de ellos, en un impulso de entusiasmo y generosidad, dijo al cantante: «¡Muy bien! ¡Os daremos la autonomía a los catalanes». Al aclararle Raimon, tras agradecerle la esplendidez, que él era valenciano, el otro apenas pudo ocultar su incomodidad y enseguida se echó atrás: «Bueno, eso no. Con una Cataluña ya es bastante». Por si acaso, un artículo de la Constitución española, pensado expresamente para los Países Catalanes y el País Vasco-Navarro, prohíbe la federación entre comunidades autónomas.
Los historiadores son mujeres y hombres de su tiempo, y sienten las mismas pulsiones que el resto de los ciudadanos. Está claro que sus ideas, su visión del mundo, impregnan su obra, su trabajo de historiador. Como afirmaba el mismo Fontana en una entrevista, «la imparcialidad es imposible, incluso diría que podría ser condenable». Objetividad no es lo mismo que imparcialidad. La historia debe aspirar a ser objetiva, no aséptica. Y ciertamente el último libro de Fontana no es un libro escrito por un entomólogo. Es un libro para entender la historia de Cataluña, para entender la formación de una identidad colectiva tan fuerte y con unas raíces tan antiguas y tan sólidas, y para explicarla a su gente, a las mujeres y los hombres de su país.
La honestidad de Juliá, Elorza y tantos otros es más dudosa, y no sólo por los improperios contra Fontana y los historiadores catalanes -y ahora también los valencianos y mallorquines-, sino porque acusan a los demás de lo que son ellos mismos, y no quieren reconocer, unos historiadores nacionalistas, unos hooligans de la historia de España. No deja de ser revelador que el subtítulo del artículo de Elorza y uno de los puntos fuertes de su argumentación -con pocos argumentos serios y mucha brocha gorda, de esa que frecuenta últimamente entre los políticos y opinadores españoles, como la de comparar el soberanismo con el fascismo y el nazismo: «Aunque moleste recordarlo», escribe Elorza, «conviene evocar la circunstancia de los años treinta, cuando el asalto de la irracionalidad política se impuso sin obstáculos»- siga que «la presencia del Barça en la Liga española, con una Cataluña independiente, sería ilegal». Cuando se llega a este nivel, es que ya se da el partido por perdido y sólo queda apelar a la autoridad competente para que restablezca el orden.
http://paisvalenciaseglexxi.com/2015/09/10/nacionalisme-historiografic/








