La versión inglesa del libro de Tony Judt (1948-2010), ‘Pensar el siglo XX’, arranca con una sentencia del economista John Maynard Keynes que dice así: «A study of the history of opinion is a necessary preliminary to the emancipation of the mind.». Estudiar la opinión para emancipar la mente, este es el valor del pensamiento liberal democrático frente del pensamiento totalitario. Sin opinión pública, por ejemplo, no hay libertad de ninguna manera.
En las traducciones catalana y castellana del libro esta leyenda ha desaparecido. Es extraño porque me parece que es el mejor resumen de la razón última de la larga conversación que Judt, ya muy enfermo, mantuvo con Timothy Snyder: reflexionar sobre la historia del pensamiento del siglo XX, sobre los triunfos y los fracasos de los intelectuales más influyentes y sobre los riesgos que han supuesto sus compromisos políticos.
Los compromisos políticos de los académicos a veces resultan muy fructíferos, pero a menudo terminan con sonoros fracasos. El canadiense Michael Ignatieff, un distinguido intelectual, escritor, periodista y académico que dejó su cátedra de Harvard para emprender una carrera política al más alto nivel, lo ha explicado en un libro imprescindible: ‘Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política’.
Durante seis años, Ignatieff experimentó la pasión y la excitación, el entusiasmo y la intriga, el fracaso y el éxito en la política canadiense. Su inmersión en la vida política no terminó bien y retornó a la universidad, en el Massey College de la Universidad de Toronto, donde imparte unas clases magníficas sobre política internacional y derechos humanos. Su libro tiene un sabor agridulce, si bien es de una lucidez meridiana. También es, sin embargo, un libro ingenuo, porque sorprende que todo un señor catedrático, y también periodista, que llegó a lo más alto del Partido Liberal hasta convertirse en jefe de la oposición oficial canadiense, no supiera que la política es, sobre todo, un juego de caníbales.
Cuando en diciembre de 2007 acepté ser director de la Fundación CatDem, que entonces llevaba el nombre de Ramon Trias Fargas, sabía que la política y los políticos son gente que te aman o te odian de acuerdo con lo que vales en cada momento. Nada más. Si tienes suerte, y con el caso que me ocupa ha sido así, te respetan y te aprecian, aunque no seas militante de su partido. Acepté la dirección de una fundación política porque Artur Mas, que entonces era jefe de la oposición, me invitó a sacar adelante una proyecto al margen de los tejemanejes partidistas -‘la Casa Grande del catalanismo’- sin exigirme fidelidades partisanas. Los que han seguido de cerca este proyecto saben perfectamente que ha sido así, con el disgusto, por cierto, de algunos dirigentes de CDC.
No he sido nunca militante de CDC ni provengo de esta tradición. Empecé a militar en Bandera Roja y luego en las JCC del PSUC. En 1980 apoyé a Nacionalistes d’Esquerra y cuando los jóvenes liderados por Ángel Colom se hicieron con el control de ERC, voté este partido durante años, hasta el 2003, incluido, pero desde el primer día me opuse al tripartito. Siempre he creído que para avanzar hacia la soberanía la estrategia a seguir era lograr la unidad entre el liberalismo nacionalista que representa CDC y la izquierda liberal representada por ERC. En 1999 un grupo de periodistas pedimos esto a Jordi Pujol. En 2003 pidieron lo mismo a Josep Lluís Carod-Rovira. Creo que, pasados los años, no he (hemos) errado mucho, a pesar de las diversas trayectorias de cada uno de los firmantes.
Como dije en la carta de despedida del 21 de marzo de 2013, «fue un honor que el presidente Mas pensara en mí para sacar adelante un proyecto como éste. En todo momento me pareció una iniciativa abierta, moderna y estimulante. Y así lo ha corroborado todos los que habéis querido colaborar con nosotros. No he hecho nunca el recuento de los colaboradores, conferenciantes y amigos que habéis querido aportar vuestro grano de arena, pero al menos supera el millar de personas. Hemos promovido informes, charlas, boletines y seminarios, además de conceder el premio de ensayo Trias Fargas y hacerlo en el marco de las agradables «Noches del Pensamiento». No he hecho nunca la relación, es verdad, pero por el local de la calle de Casp han pasado como colaboradores incluso personas tan alejadas como la famosa monja Teresa Forcades. Ya lo ven, la CatDem no fue nunca un «comedero» para intelectuales filoconvergentes. Colaboró gente muy diversa: socialistas, anticapitalistas, democristianos, verdes, conservadores, etc. Soy de los que creo que pensamiento sectario no lleva a ninguna parte, más allá del montón de profesores que me han dejado de hablar porque, según ellos, un universitario no puede colaborar con la «derecha». De este mal ya me previno, en el año 1993, Miquel Roca i Junyent cuando prologó mi libro ‘El catalanismo y el Estado’. Entonces algunos amigos míos ya me acusaron de traidor y desaparecieron de mi vida.
Cambié el nombre de la Fundación mucho antes de que estallara el caso Palau y pasó a denominarse Fundación Catalanista y Demócrata Ramon Trias Fargas. Me lo reprochó mucha gente. La paradoja es que finalmente conseguí el objetivo de transformación del nombre después de 2009, cuando la familia pidió suprimirlo. Entonces comenzó una primera fábula: que se cambiaba el nombre para enmascarar no se sabe qué. La Fundación CatDem quería ser un think-tank a la americana y por eso pacté que yo sólo me haría cargo de la gestión, digamos, política e intelectual a partir de pactar un presupuesto anual para actividades y personal a cargo de la Fundación. Por tanto, como dije en la comisión parlamentaria que trató el caso del Palau, servidor no ha entrado nunca en las cuestiones administrativas. No creo que nadie me lo pueda reprochar.
Tanto es así que poco antes de que se destapara el caso del Palau, escribí un artículo en ‘elsingular’ que llevaba por título ‘Fèlix Millet i Tusell o la decadencia burguesa’. Tiraba fuerte contra este personaje, estafador confeso, y explicaba quién era. No creo que yo entonces fuera tan cínico por osar escribir un artículo como éste si hubiera tenido algo que ver con este personaje. Ni lo conocía ni lo había saludado nunca en mi vida y sólo me constaba, porque eso si que lo sabía, que la Fundación CatDem tenía unos convenios firmados con la Fundación del Palau para sacar adelante una serie de iniciativas culturales. Aunque los convenios eran perfectamente legales, al final CDC decidió que ese dinero sería devuelto porque, al parecer, Millet lo había aprovechado al duplicar sus beneficios.
Como tengo un alto sentido de la lealtad y de la responsabilidad, cuando se abrió la comisión parlamentaria para estudiar el caso, acepté declarar, así como atendí a todos los medios de comunicación. Era el director de la Fundación CatDem y esta era mi obligación. Al menos yo entiendo así mis compromisos. Durante años he recibido todo tipo de felicitaciones por esta actitud mía, pero siempre en privado, nunca en público, salvo en el caso de Antoni Puigvert, que ese año se plantó en la ‘Noche del Pensamiento’ para solidarizarse conmigo. Él sabe perfectamente que le estaré agradecido siempre, a pesar de que combato y combatiré siempre las ideas políticas que él defiende, que me parecen conservadoras. También Toni Bolaño, con quien todavía estoy menos de acuerdo, se comportó conmigo, para bien para reforzar la carga, creo que injusta, contra otras personas. El resto, silencio, y mucho oportunismo.
La Fundación CatDem ha sido estudiada por dos personas que han hecho su tesis de Máster. Los profesor Francesc Ponsa y Jordi Xifra lo incluyen en la Guía de think tanks de Cataluña y destacan su vocación internacionalizadora, que propicié durante mi mandato, con la integración en el European Liberal Forum (ELF) y la European Network of Political Foundations (ENOP), red en la que también está integrada la Fundación Nuevos Horizontes, de ICV gracias a un servidor, que les indicó la manera de hacerlo. Es verdad que aquí se obtuvo dinero para sacar adelante proyectos y seminarios que están perfectamente relacionados en la memoria de actividades.
Lo que quiero decir es que la Fundación CatDem no fue nunca, al menos desde el punto de vista de su actividad, política y académica, la tapadera de nada. Sé, como sabe todo el mundo, porque no llego a la ingenuidad de Ignatieff, que las Fundaciones vinculadas a un partido reciben subvenciones, en primer lugar de la administración pública, y en segundo lugar de donantes, de particulares o de empresas. Pero esto no es ningún delito. Sólo aquí nos negamos a hacer más transparente el sistema de donaciones, que en EEUU, por ejemplo, es muy claro, por miedo a perder donantes que serían señalados con el dedo si alguien llegara a saber que da dinero a un partido o a otro. que los Sumarroca dieran dinero a la Fundación CatDem no es, de entrada, el resultado de ninguna trama. Más allá de eso no puedo decir nada, porque lo desconozco.
Hace casi dos años y cinco meses que no soy director de la CatDem. Decidí dejarlo porque creí que ya había hecho mi misión, a pesar de que algunos periodistas quisieron poner más pan que queso a la noticia. Me hicieron un par o tres de entrevistas y recuerdo una, la que me hizo Miquel Noguer, de El País, que hizo lo que hoy en día hacen muchos periodistas, que es destacar las aristas porque el medio en el que trabajan les exige no ser amables con CDC. No me quejé y he dado siempre todo lo que me lo ha pedido, lo que no han hecho otros antiguos responsables. Pero todo tiene un límite.
En la madrugada del 27 de agosto, porque para mí eran las tres de la madrugada, ya que estaba durmiendo, sonó el teléfono. Me asusté, por las mismas razones por las que se asustan todos los padres del mundo. Respondí y al otro lado había un joven productor de Cataluña Radio que me pedía si podía valorar lo que estaba pasando en la Fundación CatDem. Adormilado, sin pensar mucho, lo acepté. Y me equivoqué, porque no me di cuenta de que con que con aquellas declaraciones me volvía a situar en el ojo del huracán, lo que no quería de ninguna manera. Mónica Terribas me hizo un flaco favor, pero supongo que ella no tiene porque considerar las repercusiones personales de sus audacias periodísticas.
Como estoy convencido de que el Estado es capaz de hacer cualquier cosa para detener el soberanismo, no me cuesta imaginar la estrategia seguida por los unionistas. Mancharlo todo y poner en cuestión las personas y su honorabilidad. Es este el sentido de las informaciones publicadas por El País, firmadas por Oriol Güell, que me menciona en el caso simplemente para decir que: «El actual responsable de finanzas de CDC y CatDem es Andreu Viloca, en cuyo despacho la Guardia Civil encontró una trituradora de papel con restos de documentos que hacen alusión a Teyco. El director de la fundación entre 2008 y 2013 fue Agustí Colomines, intelectual de referencia del independentismo”. ¿Qué sentido tiene este párrafo? Sólo hacer daño. Es una revancha, además. Destacar que soy una persona cercana al presidente Mas, la bestia a batir. El objetivo no soy yo, no soy tan egocéntrico, yo sólo soy una rama para intentar matar el árbol.
De Oriol Güell me puedo esperar todo, porque, aparte de ser el novio de Gemma Ubasart, aquella del odio a Mas, es uno de esos «periodistas» a los que les gustan las películas de sangre y tripas, y que se pelea por Twitter como un partisano de la causa unionista. Conmigo lo hizo cuando publiqué un artículo que radiografiaba el mundo de Podemos en Cataluña, entonces poco conocido, sin saber que su histeria estaba provocada porque me había metido con su pareja. Con el asentimiento de su director, Lluís Bassets, que para mí es una muy mala persona, Güell convierte sus crónicas en la hoja de propaganda del partido de su novia y, además, las aprovecha para pasar cuentas. Esto debe tener un nombre, pero no lo pondré yo.
A raíz de esto, varios medios han querido entrevistarme. Como ya estaba en Barcelona y no me han pillado desprevenido, las he rechazado. Yo no soy el director de la Fundación CatDem y no tengo nada que decir más allá de lo que pueda decir un tertuliano. Por lo tanto, con este artículo doy por liquidada la cuestión. Quien me quiera entrevistar creo que tendrá muchos motivos para hacerlo. Soy un intelectual en plena producción científica.
Y si quieren hablar de política, sepan que ahora, como en 2007, me siento cerca del presidente Mas y de su proyecto soberanista, al que ayudo a salir adelante de la única manera que sé: pensando y ofreciendo mis opiniones, cuyo análisis es, según el malogrado Tony Judt, el paso previo para la emancipación de la mente. El resto es, sencillamente, mierda. Esa mierda que hizo retirar a Ignatieff de la política. Puedo estar harto, como mucha gente razonable, del infantilismo de determinados políticos, pero ante la ofensiva unionista, estaré en el lugar que toca, o al menos que creo que toca: al lado de Juntos por el Sí sin poner en duda a nadie.
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