Nuestro mundo, y nuestra vida de cada día, se ven constantemente conmocionados en nuestro intento de hacerlos previsibles y de cargarlos de sentido. Además, aprendemos a vivir hoy como si mañana tuviera que volver inexorablemente, cargado con todo nuestro paisaje, familiar, escolar, de trabajo. Como si nunca se hubiera de producir un rasguño ni ninguna interrupción. Asimismo, cuanto más regularmente nos sentimos amenazados por los hechos dramáticos, más necesidad tenemos de reconstruir nuestras certezas para seguir adelante. Un trabajo titánico que la realidad se ocupa regularmente de deshacer.
Últimamente, sin embargo, el tipo de altibajos que desestabilizan nuestra vida cotidiana nos tocan más de cerca. No es que las desgracias que caen lejos no nos preocupen, pero las que tenemos cerca nos desconciertan y, lo que es peor, nos desconsuelan. Sólo hace tres semanas, fue el avión estrellado en los Alpes y las 150 muertes innecesarias. Y ayer fue el alumno que con trece años agredía a compañeros y maestros y que, gratuitamente, segaba la vida de un joven profesor. Muertes inútiles, sin causa ni razón alguna que pueda, no ya justificar, sino ni siquiera explicar.
Se muy bien que paralelamente, en el mundo, cada día hay tantas o más muertes que también son injustificables. Ninguna muerte por voluntad ajena es justificable. A los 150 del avión de los Alpes les siguieron los cerca también de 150 estudiantes de la Universidad de Garissa, en Kenia. Y al profesor fallecido en Barcelona, la han precedido cientos de muertos en la barcaza hundida en el Mediterráneo. Pero como el valor de cada persona es inconmensurable, la magnitud de una tragedia multitudinaria en ningún caso disminuye la magnitud de una tragedia individual. Ver la cara del dolor por una sola vida descabezada porque sí, sin remedio, produce escalofríos.
Pero, ¿no hay diferencia entre los pasajeros muertos en los Alpes y los estudiantes muertos en Kenia? ¿No hay ninguna diferencia entre el joven profesor de ciencias sociales y los cientos de muertos que querían llegar a las costas de Sicilia? Sí. Hay una inmediata, que es la proximidad. No es que la lejanía nos haga insensibles moralmente, pero no vivimos de la misma manera el impacto emocional que produce lo que tenemos más cerca y lo que pasa allá. Y también hay otra que, en estos casos, explica el plus de angustia que ha acompañado las informaciones sobre las desgracias que nos han sido más cercanas. Y es que los muertos de Kenia y los del Mediterráneo tienen unas causas que, si bien no hacen menor la tragedia, por lo menos, la explican. Aún más: el hecho de que tengan causas conocidas y, hasta cierto punto, previsibles, puede hacernos sentir más profundamente indignados por la desidia de los que podrían poner remedio. Y la indignación ya es una vía de salida para el dolor que causan.
En cambio, estas tragedias que se han producido y han impactado nuestro entorno más inmediato, ni era fácil verlas venir, ni tienen una razón que las explique o que señale culpabilidades y que nos pueda indignar. Un suicidio, un brote psicótico, son resultado de enfermedades cuyas consecuencias no tienen ningún sentido. Las guerras, las mafias de la migración, tienen causas estructurales y se puede perseguir a las personas que les ponen cara y ojos. De los enfermos, sin embargo, sólo nos podemos compadecer. En las enfermedades es difícil buscar culpables. Y es una gran mezquindad aprovechar esta expresión de la fragilidad humana para empezar a hacer sermoncitos moralistas sobre los valores que se «inculcan» a nuestros jóvenes. Pero, ciertamente, ¡qué difícil es aceptar una muerte inútil y sin sentido!
ARA









