El mundo, tal como ustedes habrán observado y como yo escribo de vez en cuando, es cada día que pasa más difícil de entender. Quiero decir el mundo como acción política, tormentas económicas, guerras, hambres y mortandades, y otros destrozos y desastres que entre todos vamos sufriendo o provocando. También forma parte de este mundo complicado, el bienestar económico de una parte limitada del planeta, a pesar de tantos bancos en quiebra, de tantas estafas y de la vaporización de tantos dineros que no sabemos si realmente existieron nunca en forma sólida. Y forman parte las medicinas que curan tantas cosas, los progresos de la ciencia y de la técnica y otras maravillas nunca vistas. No se acaba de entender, en todo caso, cómo es posible que, ahora que la felicidad podría extenderse a más y más tierras y pueblos, haya tanta gente que se empeña en seguir los caminos de la catástrofe. Se supone que habíamos superado los totalitarismos perniciosos, las perversiones de inciertos ideales colectivistas, las caras más brutales del capitalismo, la opresión colonial, la indiferencia ante el dolor masivo, los patriotismos cuarteleros, las guerras de religión, la inquisición, las cruzadas, el islam a golpes de cimitarra, los imperios militares, Genghis Khan y Nerón, la amenaza nuclear, y otros estragos incesantes de la historia. Y ha resultado que no, que no hemos logrado ni cosas tan simples como son dar de comer a quien tiene hambre, y respetar las creencias de los demás. Y los golpes de cimitarra, más que nunca, son glorificados ampliamente.
Escribí líneas como estas o similares ya hace más de diez años, aquí mismo, y entonces no pensaba (sería falta de imaginación) que, pasada una década, continuarían teniendo el mismo valor, exactamente. O algo menos si pensamos en las bondades, y bastante más si pensamos en la expansión y la actualidad de los golpes de cimitarra. En cuanto a las desgracias, los bancos en ruina y otros espectáculos edificantes, cada año (incluido el que acabamos de cerrar), cada mes y cada día los periódicos llenos de noticias de altísimos discursos y declaraciones, de encuentros, pactos, y abundantes reuniones y palabras inútiles, turismo institucional, propaganda reiterada y vacua que no esconde la ineptitud universal, combinada con la insensibilidad más espesa y antigua. Y en cuanto a algunos remedios bajados del cielo, pomada milagrosa, ustedes deben recordar aunque, ahora también hace diez años, el presidente del gobierno español pronunciaba un bellísimo discurso en la sede de la ONU, donde tanto se habla para nada : el discurso era un ramo de flores, un pomo de olores, una declaración de bondad universal, de paz en el cielo y la tierra, angelitos tocando violines y flautas. Serio, bondadoso, iluminó en unos minutos este mundo tan cubierto de tinieblas.
Debió pensar, él o quien le hubiera escrito el papel poético, que esto del choque de civilizaciones era un peligro muy real (no digo que no tenga algo de razón, visto lo visto estos años, y lo que seguimos y seguiremos viendo), y que por lo tanto la manera de superar el enfrentamiento era, obviamente, la alianza: «Por eso», que dijo, «como representante de un país creado y enriquecido por culturas diversas, quiero proponer ante esta asamblea una Alianza de Civilizaciones entre el mundo occidental y el mundo árabe y musulmán». Una propuesta perfecta, maravillosa, no hay nada que decir: una lección al mundo entero, lleno de ignorantes y de ineptos. No sabemos dónde empieza y dónde termina el «mundo occidental», ni desde dónde y hasta dónde llega el mundo «árabe y musulmán», pero esto no tiene ninguna importancia. Ni sabía nadie (ni sabe todavía) cómo se debe hacer esta alianza, alianza de qué y para qué, alianza de quién (¿de políticos, de obispos y de ayatolás?), No sabíamos nada, excepto que era un proyecto perfectamente angelical, espiritual, virtual, y por lo tanto vacío de sustancia y de materia.
Y entonces presentó la gran propuesta nueva, el remedio milagroso: «España somete al Secretario General la posibilidad de constituir un grupo de alto nivel para llevar a cabo esta iniciativa». Otro grupo de «alto nivel», congresos, turismo, declaraciones, ni un duro. Se han hecho, en efecto, algunas reuniones con distinguidos representantes de la civilización aliada, los iraníes y los turcos, y algún invitado accidental. Y finalmente todo ha quedado en nada, como era de esperar: «La vejiga del buey, todo aire», que habría dicho San Vicente. Entre el desastre armado y la música de los ángeles algún camino debe haber, más útil y más consistente. Algún camino entre cimitarra o kalashnikov por un lado y alianzas etéreas por el otro. El problema, como en la comprensión del mundo, es que construir un camino transitable pide modestia, paciencia, racionalidad, poca retórica, y sólo una pizca de fantasía.
EL PUNT – AVUI








