Polisémica estructural

La territorialidad con cierto grado de centralización y múltiples instrumentos coercitivos es el fundamento de todo Estado. Nos recuerda Saskia Sassen cómo Charles Tilly discrimina entre varios tipos de Estado: el territorial, el nacional y el de nación. La diferencia, no obstante, una vez superada la etapa fundacional entre los dos últimos no es una cuestión baladí, puesto que el Estado-nacional puede ser considerado desde la premisa de una soberanía centralizadora que abarca diferentes “regiones múltiples y contiguas, así como sus ciudades, por medio de estructuras diferenciadas y autónomas”; y el Estado-nación es determinado por una organización “cuyos pobladores comparten una fuerte identidad lingüística, religiosa y simbólica”. Clasifica, asimismo, el tipo de estado al que se pertenece en función de las diferentes consolidaciones que el tiempo ha dado en torno a la propia especificidad territorial ceñida a su propia cultura o, contrariamente, imbuida del espíritu universal por el cual se justifica su imperativa imposición hacia las demás.

En este sentido, uno de los primeros imperios, según es contemplado por Saskia Sassen, fundado en las premisas del Estado-nacional, fue el español del XVI y estuvo basado ideológicamente en la expansión del credo religioso y socioeconómicamente en el saqueo. Actividad que se verá implementada en su misma vanagloria por el resto de los que con posterioridad habrían de sucederle restándole el protagonismo en el monopolio de la escala mundial del que inicialmente dispusiera. Por lo que dada la diversidad lingüística y simbólica, aunque no evidentemente religiosa -al menos desde la oficialidad-, de sus componentes, el Reino de España en su continuum sigue siendo un Estado-nacional subyugador e imperioso ante las aspiraciones de parte del mismo a la configuración de su propio Estado-nación. Lo que vendría a explicar el porqué desde la época en la cual el Reino de España quiso erigirse en nación española, el conflicto no ha hecho sino agrandarse, pues el antiguo Régimen en alguna medida preservaba la condición estatal de los reinos unidos bajo una misma corona. Esta, en mi opinión, ha sido históricamente la clave del contencioso que nos atañe al menos desde las guerras carlistas con pérdidas evidentes en el campo de la foralidad hasta hoy; que en el caso navarro, si cabe, se ve aún más agudizada por el insidioso discurso sobre un ficticio pacto, a todas luces inexistente, de alianza entre el pueblo -concepto de poco valor en la época de la que hablamos- con el poderoso conquistador desde el XVI. Por eso viene a ser de una importancia crucial el cuestionamiento de las claves interpretativas del historicismo oficial, dando paso a la voz mediante consulta de quienes siempre, por una causa u otra, se les ha negado, es decir, al pueblo. Ello conlleva la necesaria deriva e incursión del discurso de la Historia en la política del momento, aunque, eso sí, nunca de manera exclusiva ni excluyente.

Cuando leemos, de forma crítica, las bulas que acompañaron la empresa castellana de la conquista del Reino de Navarra, curiosamente nos topamos con un elemento constitutivo de la identidad étnica. Especialmente en la segunda y tercera de ellas: la Pastor ille y la Exigit contumacium. Así, de manera casi simultánea con el acometimiento del operativo militar se avisa del peligro de contaminación cismática en vascos y cántabros debido al supuesto y nunca demostrado apoyo dado por los reyes de Navarra a Luis XII, tal y como se explicita en la tercera y definitiva de la bulas de Julio II. Tarsicio Azcona propone el que los vascos sean la gente de Ultrapuertos, conocida como Tierra de vascos, mientras los cántabros, si bien dice no ser los santanderinos, afirma ser riojanos. Critica de paso la obra de Santiago Leoné Puncel sobre los fueros como lugar de la memoria por las muchas referencias que hace sobre los vascones y navarros como auténticos cántabros, si bien, en mi opinión, deberíamos tener en cuenta que el sentido que se le da no es otro que aquel de constituir el vasallaje natural de los reyes navarros a ambos lados de la frontera. Al respecto, un autor poco sospechoso de estar en contra de la monarquía española como es Juan de Huarte (1550-1625), en su obra manuscrita Silva de varia licción…, refiere, siguiendo la teoría tubalista fundamentada en el cantabrismo por aquel entonces en boga, cómo efectivamente el origen de Cantabria es el asentamiento defendido por el historiador capuchino, puesto que en aquel lugar situado entre la villa de Viana y la ciudad de Logroño, el bisnieto de Tubal, Canto, fundara la ciudad de Cantabriga. Dice más: “Dividieron la Cantabria en alta y baxa, la alta era loq agora es montaña y la baxa lo que es ribera. Y según gerundense (…) contenía tres naciones Bardulos, Verones y Vascones…” , para más adelante afirmar ser Navarra cabeza de Cantabria.

Toda esta polémica tiene alguna relación, como no podía ser de otra forma, con las teorías vascoiberistas, pues tal y como nos recuerda María Teresa Echenique, en su intento de aproximación a una Historia de la lingüística vasco-románica, publicada en el ya lejano año de 1984: “Suele citarse como pionero de los defensores del vascoiberismo al humanista italiano y cronista del reinado de Isabel y Fernando, Lucio Marineo Sículo (1460-1533). En realidad, la idea arranca de una afirmación hecha por Flavio Josefo, quien, en sus Antigüedades judaicas, dice: fundó Thobel a los thobelos, lo que ahora se llaman iberos, refiriéndose a los iberos caucásicos o georgianos, pero que, recogida por San Jerónimo, fue reinterpretada situando a estos iberos en la Iberia occidental. A partir de esto, es ya tradición considerar a los iberos en la Iberia occidental.”

Así, de paso, podemos comprobar el que aquello que hoy consideraríamos como fantasía, mito o leyenda, tuvo en momento dado toda la credibilidad del relato histórico. Más bien diríase en la actualidad pertenecer al imaginario de su época, entendido desde el punto de vista que le da Manuel Antonio Baeza como un conjunto de “esquemas simbólicos de inteligibilidad de realidades difícilmente accesibles”. Blumenberg en este sentido nos recuerda que en lo que aquí denomino, tal vez de forma una tanto atrevida y errónea como polisémica estructural, es decir, la variedad interpretativa del hecho histórico dentro de la amplitud de significados que transpuestos de la palabra al acontecimiento resulta ser configuradora de la visión de un mundo, civilización y cultura, el papel desempeñado por la historia hace tiempo que dejó de ser mera crónica, puesto que “el cronista registra los acontecimientos en el orden de sucesión de su databilidad, y sólo capta lo que es datable”. De manera un tanto paradójica son en buena medida los historiadores partidarios de la Incorporación del reino de Navarra al Imperio en ciernes los que facilitan desde la crónica oficial y la corografía local del momento la idea de unidad de base étnica de las diferentes naciones de lo que en momento dado conformaron primeramente la Vasconia, posterior Cantabria, histéresis de la actual Euskal Herria.