Guggenheim – Bilbao

Una reflexión del escritor, exgalerista y crítico de arte J.L. Merino

El Guggenheim Bilbao daba días atrás las gracias, “porque sois una pieza clave de nuestra actividad”, a patronos fundadores, a patronos estratégicos, a patronos, empresas benefactoras, medios de comunicación benefactores y empresas asociadas.

Preparaba un escrito para el programa semanal de Radio Euskadi, y precisaba un nombre, el título de una obra. He llamado al Guggenheim, se ha puesto una persona amiga, responsable de cultura y le he pedido el título. Me lo ha dado. Hemos comentado que en estos días se va a  firmar-negociar el protocolo, la  ampliación o no del contrato con el Guggenheim neoyorkino. Le he preguntado qué piensa. ¡Cómo no, por favor, todo va bien, todo ha sido inmejorable! Se volverá sin duda a firmar (en el interim el Museo Guggenheim Bilbao ha decidido continuar con la marca durante un periodo de 20 años  renovando con matices el acuerdo con la fundación norteamericana Solomon R. Guggenheim Fundation (SRGF) por el que pagará un canon anual de 1.920.000€, lo que supone un total de 38´4 millones en el periodo establecido). Le he respondido que bien, pero con algunos defectos, con algunos errores en algunas compras como las Tres Venus rojas de Jim Dine, la Habitación de la madre de Francesco Clemente, la serie de Nueve  discursos sobre Cómodo de Cy Twombly, los Tulipanes de Jeff Koons… Me salta ella que son obras formidables, estupendas. Intercambiamos opiniones con matices diferentes.

Le he dicho que le iba a mandar un artículo mío sobre los 21´5 millones de euros pagados en exceso por el Guggenheim por la adquisición de la obra de Cy Twombly titulada Nueve discursos sobre Cómodo. Multipliquen por 160 millones de pesetas y verán que la suma asciende a miles de millones de pesetas, que no es moco de pavo (el canon actual a pagar durante 10 años a la fundación norteamericana Solomon)[i]. Y entonces le he dicho que William Shakespeare decía que “es inútil pretender enseñar a quien no quiere aprender”, que espero no sea tu caso, le dije. Le he mandado el artículo, le he mandado el correo y no ha habido contestación. Tampoco lo esperaba.

Pero me he puesto a pensar. Creo que fui el primero que en letra impresa hablé  del Guggenheim de Gehry como un gran diseño (cosa que ella también lo cree); fui el primero que le entrevistó a los pocos días de ponerse la primera piedra del futuro Guggenheim. Tengo una carta suya del 9 de agosto de 1993. Que, por cierto, me dijo una frase preciosa de humildad: “Descuide que yo no voy a herir a Bilbao”. ¡Qué maravilla, qué humildad, qué persona tan honesta, demostrando a alguien que era un desconocido para él –pero que era de aquí, de Bilbao- que no iba a herir a Bilbao. He pensado en muchas cosas. Pero lo que me duele es que desde dentro del Guggenheim no se ha vendido, no se ha apreciado suficientemente bien su diseño. Han ido agregando a su alrededor elementos como el Puppy de Jeff Koons, sí, un perro simpático pero sin más. Después la araña, Mamá de Louise Bourgeois, obra estupenda que muy bien pudiera estar en el interior. Es muy buena, puede estar en cualquier parte. Pero se han añadido los Tulipanes de Jeff Koons, que son malísimos, que no valen para nada, pura farfolla, El gran árbol y el ojo de Anish Kapoor… En el fondo yace ese deseo de añadir cosas como para endulzar, rellenar…, algo que no puede gustar a Frank Gehry. A ese edificio le sobra todo lo de su alrededor, todo. Está perfectamente integrado en la ría, muy bien integrado. Por tanto fuera todos los aditamentos añadidos.

El elemento inculto del ser humano primario tiende a añadir, a agregar. Cree que es poco lo que puede tener. Se siente satisfecho añadiendo, poniendo. No cree fríamente en lo que está como origen. Ha habido muchos errores en ese museo Guggenheim y más aciertos, por supuesto; y estas reflexiones las hago para explicar esa corriente que habla de hacer y levantar otro Guggenheim en Urdaibai (en el nuevo acuerdo se faculta a la fundación vasca para, si lo considera oportuno, abrir una nueva sede del museo, como se planteó hace unos años en la comarca de Urdaibai, en la costa bizcaina). Se presenta la idea de la imagen soy el mejor…, cuando lo que procede en todo cuerpo bien constituido es que hay que buscar lo profundamente humilde para decir quiero ser mejor, quiero hacerlo mejor.

La humildad de lo profundo, esa humildad que busca el crecimiento progresivo. La imagen sería: quiero ser mejor, quiero hacerlo mejor. No la de soy el mejor. Esa diferencia existe. Si seguimos con ese tono de satisfacción podemos seguir erigiendo otro Guggenheim en Durango, otro en Balmaseda y otro allí donde guste. No señor, no hay que hacer más Guggenheim, no y no. Hay que hacer uno, el que está, el que tenemos, y hay que hacerlo mejor. Ha habido errores, aciertos, y falta mucho por hacer. Grandes exposiciones que llevar al Guggenheim de Bilbao. ¿Por qué en 20 años no se ha hecho una exposición retrospectiva de Picasso, uno de los grandes pintores del S. XX y que tan cerca está de nosotros con esa gran revolución, que hizo de cara a la humanidad, su Guernica, que tanto nos acerca a él y él se acerca a nosotros? ¡Picasso! Falta mucho por hacer. Nada de dispersiones, el que tenemos hacerlo bien, cuidarlo, mimarlo y quitar los añadidos, evitar los errores.

Ha habido exposiciones muy decepcionantes, que no tenían que haberse hecho, y compras que no debieran haberse realizado como la Ciudad Muralla de Miquel Navarro, un escultor valenciano de cuarta categoría, que estos días el nuevo director del IVAM (Instituto valenciano de arte moderno) ha hablado con él porque quiere rebajar su obra, porque piensa  que no tiene la categoría que la gente le atribuye o los anteriores comisarios creían: Consuelo de Císcar, Kosme de Barañano y compañía. Un escultor valenciano, ya fallecido, Andreu Alfaro es mucho mejor. Ése sí merece la atención. Miquel Navarro ha estado en Bilbao exponiendo sus múltiples piezas, 100 o más, piezas  como hormigas de la Ciudad Muralla, de segunda, de cuarta división. Ha habido exposiciones buenísimas, por supuesto, la de Robert Rauschenberg, excelente, la de Alexander Calder, frágil la del valenciano Manolo Valdés, pero un comisario, Cosme de Barañano, amigo suyo, consiguió que se expusiera su obra en el Guggenheim. Barañano ha comisionado varias exposiciones; diríamos aquello de el que puede puede, pero triste, y más tratándose del Guggenheim.

Y nadie ha dicho lo que llevó yo diciendo desde tiempo: Este museo es el único del mundo que no tiene director artístico, el único.  Hay un director gerente, administrativo, pero no hay un director artístico de peso, ni tampoco un comité de expertos. Nadie lo ha dicho, nadie quiere decirlo, pues yo lo digo alto y claro: falta un director artístico, por eso esos vaivenes, esos desaciertos graves. Por ejemplo la de Yoko Ono, una exposición que pudiera que  viniera bien para hacer caja, pero artísticamente sin valía. Muy bien expuesta, buenos escaparatistas pero sin aportar nada nuevo. Trata de descubrir territorios artísticos que figuran  en todas las guías turísticas, un arte sin peso específico. Y critico siendo el primero que escribió en letra impresa a favor del Guggenheim. Luego he escrito, he mantenido un todo crítico, pero a favor de Frank Gehry en todo momento. Tan a favor que conseguí un encuentro entre Oteiza, que una vez dijo que iba a matar a Gehry, con Gehry, con una periodista del Mundo, que hacía de traductora, y yo en el restaurante Machinventa de Bilbao. Un encuentro precioso. Al final dijo Gehry: “Para mí Oteiza es como Picasso y Le Corbusier”, y Oteiza, que poco antes le quería poco menos que asesinar, le besó la mano.

Saco a relucir esto para a continuación recalcar que no me creo con derecho a nada especial, pero sí con el derecho a discutir y criticar. La crítica y la duda es una preparación para el conocimiento, al menos a mí me lo parece. Es contraproducente creer que uno ha llegado a la cúspide; es mejor llegar con esperanza que llegar al destino, decía Stevenson. No.

Quiero decir que cuando he hablado de agregar y añadir me ha venido a la memoria un proyecto mío de hace más de quince años, de junio del 99. Propuse al Guggenheim hacer una exposición de seis artistas vascos, cuatro guipuzcoanos: Rafael Ruiz Balerdi, Amable Arias, Bonifacio y José Luis Zumeta y dos alaveses: Juan Mieg y Carmelo Ortiz de Elgea. ¡Quince años esperando! Ha pasado tiempo. Y yo insistiendo en mis cartas al director Juan Ignacio Vidarte que era oportuno, que era una magna exposición, que los jóvenes artistas lo iban a entender y no se iban a enfadar porque eran sus maestros. Tres han muerto, Arias, Balerdi y Bonifacio. Tres viven, dos de 75 y uno  mayor de 70 años. Hace unos años me reuní con una persona responsable del Guggenheim y pareció que sí, que esta vez sí, pero quería añadir uno nuevo, un joven. Le dije que no, que seis eran suficientes. Defendí mi primer proyecto.

Ahora, al pensar en los añadidos, el hecho de introducir uno nuevo, uno joven, me viene una vez más ese agregar que he criticado. Respecto a esto hay una respuesta muy oportuna: “Todas las vanguardias pasan, excepto la vanguardia”. La obra de estos seis artistas es suficiente, he comentado alguna vez con  José Luis Zumeta: sería una exposición potente, seis artistas diferentes con mundos propios y extraordinarios. Sólo exponiendo la obra gráfica completa de Bonifacio surge una exposición portentosa. Y Zumeta con su vitalidad, potencia, la mano angelical de un Balerdi, el susurro de Juan Mieg, el grito de Carmelo Ortiz de Elgea.

Zumeta es uno de los pintores del mundo en estos momentos con más dotes para el color, le sale por las venas; Arias imaginativo, gran pintor. Podía ser una exposición para pasearla por el mundo entero, no sólo en el Guggenheim, para llevarla a donde queramos. De los tres muertos lo mejor de su producción, y a los tres vivos decirles: ahí tenéis el espacio, repartíos y haced lo que sabéis. Si no se ha llevado a cabo quizá haya sido por mi actitud crítica durante estos años con el Guggenheim, ¡qué le vamos a hacer! Por conseguir una exposición uno no puede agachar la cabeza, tengo que decir lo que siento. El arte es discusión o no es nada.

Eso sí, a mí me interesa el Guggenheim tanto o más que a todos los partidos políticos, gobiernen o estén en la oposición, tanto o más que  a los responsables del mismo, desde el director a las cinco o siete señoras de la limpieza. Seguiremos.

Y tengo que decir lo de siempre, esa frase del Quijote tan bonita: “Pueden quitarme los encantadores la aventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”. Y un añadido mío: “El gran arte es tan suave como la inocencia, obsesivo como el juego e imprevisible como la luna”.

(Reflexión de José Luis Merino recogida en cassette por problemas de visión y extractada por Mikel Arizaleta).



[i] En conjunto, el dinero invertido en el Museo Guggenheim Bilbao ronda los 219 millones de euros. Su construcción supuso 101,38 millones (según datos extraídos del Tribunal Vasco de Cuentas Públicas el coste de la edificación ascendió a 86,47 millones, a los que suma 14,91 millones por la aportación de los terrenos, tasas e impuestos); los pagos a la SRGF anteriores a la apertura sumaron 17,9 millones (los 13,3 millones por el acuerdo, más 4,63 millones por asistencias técnicas); y la compra de obras de arte para nutrir su colección ha supuesto el desembolso de otros 100 millones de euros, según datos de la Diputación de Vizcaya