Pluralismo: nadie lo hace todo bien

Hacia el final de su vida, el dramaturgo estadounidense Arthur Miller nos recordaba que ningún género literario (teatro, novela, poesía, etc.) lo puede hacer todo bien. En los su caso, nos dice, «prefiero el teatro a la novela porque veo la vida humana como un enfrentamiento, una confrontación entre ideas y personas. El teatro permite esta explosión, esta relación».

A las teorías políticas contemporáneas les pasa algo parecido: por un lado, ninguna de ellas puede hacerlo todo bien, y por otro lado, la política práctica implica siempre una confrontación entre los valores, intereses e identidades de los individuos y grupos sociales que impide soluciones plenamente armónicas. De hecho, los diversos liberalismos, conservadurismos, socialismos, nacionalismos, ecologismos, republicanismos, etc. -con todas sus variantes internas- han sido pensados para enfocar y resolver temas concretos de la convivencia humana, cada uno los suyos: la libertad individual frente a las acciones del Estado y de los otros individuos, el orden y la seguridad, la erradicación de la pobreza y la disminución de las desigualdades, el reconocimiento y acomodación del pluralismo nacional y cultural, la calidad del medio ambiente, la conveniencia de virtudes públicas en los ciudadanos, etc. Y todos emplean conceptos, valores y un lenguaje específico que les inclina a proponer determinado tipo de soluciones.

La selección de los objetivos considerados prioritarios constituye el impulso intelectual y moral de estas concepciones. Se convierte en su fuerza. Sin embargo, constituye a la vez su limitación estructural cuando desprecian, marginan o ignoran, es decir, cuando cubren con un «velo de silencio» las cuestiones, conceptos, valores e instituciones enfatizadas por las concepciones rivales. Con independencia de su carácter más simple o más complejo en términos analíticos, o de su carácter más utópico o más realista en términos de aplicación práctica, cuando estas concepciones generales tratan de aplicarse a temáticas alejadas de sus respectivos centros de gravedad suelen a fracasar estrepitosamente. Así, por ejemplo, el conservadurismo tiene graves dificultades en el momento de pensar la libertad individual en términos emancipadores, el liberalismo no casa demasiado bien con la perspectiva democrática de una ciudadanía activa en la esfera pública, y la tradición socialista tiene dificultades en el momento de pensar y acomodar el pluralismo nacional de los estados. Y estas tres perspectivas comparten un fondo productivista y estatalista que las aleja de los objetivos destacados, por ejemplo, por el ecologismo.

No existe una única concepción que sea mejor en todos los ámbitos. Ningún «ismo» lo hace todo bien. Todos ofrecen luces -unos más que otros- para entender y regular ciertos temas, pero todos arrastran sombras, por todo lo que desconsideran, además de por las consecuencias prácticas no previstas de sus postulados. Hay muchos ejemplos. Incluso autores de teorías refinadas -que combinan elementos teóricos e institucionales diversas perspectivas (Rawls, Habermas, Taylor)- mantienen posiciones deficientes cuando tratan temas ajenos a los presupuestos de sus concepciones.

Las teorías políticas han surgido en contextos sociales e intelectuales específicos para solucionar temas concretos. Y su lenguaje nunca es neutro. En la Grecia clásica, la democracia y el teatro nacieron juntos. Desde entonces sabemos que siempre hay una batalla por las palabras.

En definitiva, las teorías políticas son concepciones inevitablemente parciales sobre aspectos particulares del sentido y organización de la convivencia humana. También en las democracias. Algunos objetivos liberales (libertades individuales y colectivas, pluralismo, etc.) chocan a menudo a la práctica con objetivos democráticos (principio de mayoría) o con otros relacionados con la seguridad o, incluso, con el bienestar. Obviamente, decir que ninguna concepción puede hacerlo todo bien no quiere decir que todas valgan lo mismo, es decir, que todas sean equivalentes. En contra de lo que dicen algunas concepciones de carácter posmoderno, muy desinformadas, defender un pluralismo analítico y un pluralismo de valores -del que siempre hablaba Isaiah Berlin- no significa que todas las concepciones pesen igual en un ámbito y contexto determinados. Lo más importante es saber qué concepciones son analítica e institucionalmente más adecuadas a partir de los datos políticos, socioeconómicos, nacionales y culturales de un contexto determinado. Pero hay que ser conscientes de lo que las diversas concepciones hacen bien y de lo que no hacen bien. La justicia socioeconómica, por ejemplo, no coincide con la justicia nacional y cultural (de hecho son bastante diferentes). El debate político tiende a mezclarlo todo, pero hay que recordar los límites intelectuales y morales de cada concepción.

Nuestros lenguajes nos iluminan de una manera que muchas veces nos deslumbra y nos hace errar el tiro. Como los individuos de la caverna de Platón, vemos sombras, pero eso es todo lo que podemos ver. El «sol» también está dentro de la caverna. De hecho, el «sol» no es sólo uno, sino que hay varios, todos dentro de la caverna. Y hay que saber elegir cuáles son los más adecuados para iluminar mejor un objeto concreto en un contexto específico. Las grandes abstracciones fomentan a menudo ideologías cerradas que impiden transformar el mundo a mejor en términos políticos y morales. Recordemos lo que nos decía Arthur Miller.

La Vanguardia