Sé que para muchos puede resultar molesto por recurrente cuando vinculamos las vivencias del país con lo ocurrido durante y después de la Guerra Civil de 1936. Están en su derecho. Faltaría más. A los que así razonan, nada más decirles, aunque no quieran oírlo, que esa contienda ha marcado violenta y permanentemente tanto la memoria de sus protagonistas directos e indirectos como la de sus descendientes y la de todas las generaciones futuras.
Esto es innegable. Está condición ha posibilitado la existencia de un poder intimidatorio en los sucesos históricos, sustentado por el miserable motivo de haber ocurrido de manera patente y, en este caso, fatal; por eso, el sistema gobernante actual, deudor del franquismo, intenta impedir que la realidad salga del cuarto oscuro a la que fue sometida durante el siglo pasado, y lo que vamos de éste. Hay que huir de ese miedo a resultar pesados.
Como veremos, a pesar de la tremenda represión sufrida y del miedo a hablar, la voz de la derrota ha buscado su sitio en la calle, el último refugio de los desfavorecidos, parasitando la versión oficial de su retorcida historia desde la cultura y el arte. No cabe duda de que el teatro, la literatura y el cine, alimentados por la memoria, han creado un espacio donde los derrotados han podido exponer su amargo pasado, con dos finalidades: una, para justificar su inapelable realidad, y la otra, para que la memoria no olvide. Los galenos siempre nos han dicho que cuando una herida no acaba de cicatrizar, siempre supura. Condicionados por ese saber, para que la llaga no se infecte, sugieren que hay que mimarla concienzudamente, a ser posible a diario.
Aquel tajado entre los dos bandos que nos helaron el corazón, como dijo Machado, no ha sido sanado. Las gasas y la mercromina, se han dedicado a aliviar y maquillar tan solo una orilla, la de los sublevados contra la república. A pesar de ello, la memoria de los derrotados no huyó, continúo cultivándose al abrigo de las casas, generación tras generación, cuyo fruto fue creciendo fuerte bajo el gabán del arte y cultura. Dos aberraciones de la naturaleza humana contra las que se sublevaron la iglesia, el ejército y la oligarquía terrateniente y financiera.
Esta circunstancia orteguiana, estaba en el vademécum golpista de Mola, Quiepo de Llano, Franco y Sanjurjo. Aunque el autor que mejor ejemplarizó este odio cultural fue Millán Astray amenazando a Unamuno, de la misma manera que el fusilamiento de Lorca, es el mejor ejemplo de su odio al arte. Es contra la cultura, contra el arte, contra la crítica y contra el razonamiento frente a lo que se sublevaron los aguerridos y sanguinarios ejércitos nacionales, amparados por la cruz y la envidia de muchos civiles. Por ello derribaron los ateneos y las casas del pueblo.
Por eso se ilegalizó la educación pública y se impuso la religión católica. Por eso se violó, se mató, se robó, se detuvo, se torturó, se repudió, se discriminó y se avasalló a los que Vallejo Nájera, y otros xenófobos de lo diferente, consideraron que eran portadores de la enfermedad del gen rojo. Es sencillo, pero a muchos les cuesta entenderlo. A los que miran hacia otro lado, cuando escuchan los trágicos sucesos de muchas familias, cuando reclaman, todavía, la búsqueda de los cadáveres esparcidos por las cunetas de su España negra, a los quieren olvidar y silenciar, manipulando la redacción de los hechos, decirles, también, que, cuando la historia se escribe con la pluma del vencedor, es de esperar que la guerra continúe en el campo de las ideas. Nuestros mayores han guardado sus recuerdos durante muchos años esperando una justicia que nunca llega en su totalidad.
Es justo, que cuanto menos, sean pesados si quieren. No podemos obviar que la solidez del franquismo hay que buscarla en la represión basada fundamentalmente en un elevado nivel de violencia emocional y física, elementos que funcionaron durante muchos años como cemento ideológico, como galvanizadores de lealtades y como acontecimiento fundacional del nuevo régimen. Han sido muchos años de silencio, como para que ahora no hablen. Al amparo de esta represión, el régimen franquista hizo un gran esfuerzo para desarrollar una política de la memoria que, esquemáticamente, consistió en demonizar primero, y hacer desaparecer después, la presencia de un régimen legítimo, consolidando una nueva memoria colectiva afín a los futuros postulados políticos.
Este ejercicio autoritario por totalitario, a la larga, simplificó el desembarco monárquico en las playas de una ilusa democracia hipnotizada por la sed libertad. Los borbones no venían solos. Se acompañaban por la ambición y su rencor de poder. En sus alforjas traían las credenciales franquistas y el visto bueno de los católicos más reaccionarios. Su campechanía fernandina, su pillaje medieval y su cetro estaban asistidos por los príncipes de la Inmaculada Transición: Suarez, Carrillo, González, M. Villa, Fraga… Sufrido esto, ¿por qué se nos quiere silenciar, casi obligándonos a olvidar, si muchos ya soportaron el adiestramiento social bajo la represión de su justicia, su religión y su educación durante tantos años? ¿No les vale ya? Y no vale con decir que a una parte del ejército le tocó luchar en zona nacional para justificar sus violentas y atroces acciones.
O decir que la historia de las instituciones, incluida la del ejército, es la historia de nuestras raíces, como he leído por ahí. Lo primero sería lo mismo que decir que a los que asesinaron los sublevados lo fueron porque les tocó en la zona equivocada. Mala suerte. Y lo segundo, que nuestros abuelos no son parte de la historia porque se les acusó, sumarísimamente, de antipatriotas, anticatólicos, antisociales, rojos en definitiva, desde las instituciones judiciales franquistas. ¿Cuáles son mis raíces, esas instituciones o mis abuelos asesinados? No es lo mismo señores vencedores. Yo sé que ni mi abuelo, ni mi padre, ni yo hemos matado ni mandado matar a nadie. Otras familias, y muchas instituciones no pueden decir lo mismo.
Señores, además de no querer recordar quieren justificar unas acciones injustificables. La propaganda y la instrumentalización ideológica han sido armas imprescindibles de la dictadura franquista para manipular la historia y para ocultar el origen de la guerra civil y de la represión. También eso es pesado. Por eso, a los vencedores del 36 no debería extrañarles que no reconozcamos sus homenajes como algo que pertenece a nuestras raíces. O que nos ofendan las cortesías y distinciones a la muerte que se realizan en espacios públicos, cuando todavía estamos buscando a nuestros familiares asesinados por las cunetas; cuerpos olvidados, repudiados y, desde luego, nunca reconocidos abiertamente. Sí, todos reconocemos que la masacre ocurrida no se tiene que repetir, claro. Qué menos. Que lo ocurrido fue atroz por brutal, pero a la hora de homenajear desde las instituciones públicas, siempre se aclama a los mismos: a los sublevados contra la República, y finalmente vencedores.
La controversia es continua. Como hemos dicho antes, por no curar la herida en su plenitud, asistimos en espacio público de la Ciudadela de Pamplona a un particular homenaje a la muerte, mientras la justicia española continúa poniendo obstáculos a la investigación de los crímenes del franquismo, expresando con lentitud sus respuestas a las peticiones que la jueza Servini reclama. ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? Las instrucciones para la ejecución del golpe de estado realizadas por el General de Brigada E. Mola fueron precisas y cumplidas: “se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo”. Los militares ganaron la guerra, abusando de la evocación del triunfo, homenajeándose día tras día desde el 1 de abril de 1939 hasta el 20 de noviembre de 1975.
Humillaron a los derrotados 18 de julio tras 18 de julio, fecha que fue convertida en fiesta nacional por los vencedores; 1 de abril tras 1 de abril, fecha en que nunca se conmemoró la paz sino la victoria, en la que se exaltó sin medida al triunfador y se humilló sin límite al derrotado. Aunque pretendan olvidar la crueldad que envuelve a las instituciones actuales mirando hacia otro lado, siempre homenajearemos al arte y la cultura que ellos rechazan, porque es nuestra voz y el soporte de nuestra memoria, y nunca homenajearemos a la muerte.
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