Desde que soy profesor de universidad, hace cerca de treinta y cinco años, oigo decir que nuestro sistema educativo no forma adecuadamente a los estudiantes para el mercado de trabajo. Me lo han dicho en concreto, respecto del tipo de sociología que he explicado en el aula, porque el espíritu crítico que fomentaba -decían- después no sería compatible con encontrar trabajo. Y me han dicho en general, sobre los planes de estudios universitarios, porque atienden demasiado poco al aprendizaje práctico y demasiado a la fundamentación teórica, que es una práctica contemplativa.
Paralelamente, siempre he escuchado el lamento por la crisis de las humanidades. Y no sólo lo he escuchado, sino que poco o mucho he participado en extenderlo. En 1985 -que ya son años- publicamos con Joan Estruch un texto para el ‘Boletín Informativo de 1984’ -la memoria anual de una Fundación Jaume Bofill admirablemente dirigida por Jordi Porta- titulado «Consideraciones sobre la crisis actual de la sociología», y que ya iba de eso. Hacíamos una defensa tan razonable como apasionada de la sociología entendida principalmente como forma de conciencia antes que como ingeniería social.
Pues bien si algo encuentro que estimula el pensamiento son este tipo de paradojas que ahora acabo de señalar. Un día se exige una formación más orientada al mercado de trabajo, nos estremece si no somos excelentes en los rankings de PISA y se piden los cambios legislativos pertinentes. Y, justo al día siguiente, presentadas como víctimas de un mercado laboral capitalista insaciable, exigimos más humanidades, el vigor de las que no dejaríamos que fuera medido por ningún PISA. Es una discusión más vieja que Matusalén, que encontramos en todo el mundo civilizado y que vamos reescribiendo adaptándola a las circunstancias sociales, políticas y económicas del momento, como si fuera algo nuevo y urgente. ¿Somos poco originales? ¿Nos falta coherencia? ¿Quién tiene razón?
La respuesta a todos estos interrogantes se encuentra en el hecho de la misma reiteración del debate y que rebrote en todo tipo de circunstancias históricas. Una persistencia que sugiere que por fuerza hace referencia a algún tipo de desafío colectivo muy fundamental, permanente e invariable, y que se reproduce en el interior de cada nuevo individuo. Quiero decir que la discusión no se puede reducir ni al debate gremial sobre los contenidos del currículo escolar, ni se puede echar la culpa a unas determinadas circunstancias sociales o a las leyes del momento. La formación humanística tiene más que ver con despertar una disposición curiosa, admirativa, atenta, disciplinada y reflexiva ante el conocimiento que con el dominio de un determinado tipo de materias. Es lo que sugería Gregorio Luri el pasado domingo en este diario cuando afirmaba: «El humanismo no es tanto el conocimiento de los clásicos como el dominio de la lectura lenta». O, como también ha escrito Luri, las humanidades sirven para combatir la vulgaridad que llevamos adherida al alma.
El texto que he comentado. de 1985, comenzaba con una cita del ‘Schopenhauer como educador’ de Nietzsche: «Esta gente no dan miedo, no hacen salir de madre a las cosas; de toda su actividad se podría decir lo mismo que dijo Diógenes, cuando una vez le alababan a un filósofo: ‘¿Qué puede invocar de grande, después de haber dedicado tanto tiempo a la filosofía, sin haber entristecido nunca a nadie?'». Helo aquí: las humanidades al servicio de la complejidad y de la reflexividad, del descubrimiento de los rasgos más profundos de la condición humana y del alto precio que hay que pagar por nuestra libertad. Y una buena pregunta que nos podríamos hacer es: ¿pueden formar humanísticamente una escuela y una familia que tengan como primer y principal objetivo hacer niños felices?
ARA







