Si yo fuera español estaría tan preocupado como lo están los demócratas españoles. La tendencia catalana -provocada por los tradicionales ataques provenientes de poniente- es pensar que en España no hay demócratas. Nos produce este efecto porque las declaraciones de apoyo a nuestras libertades nacionales llegan a cuentagotas desde allí. Pero hay más demócratas de los que parece. Están silenciados o amedrentados, pero los hay. Son españoles que, sin desear la independencia de Cataluña, están dispuestos a aceptarla, si los catalanes la queremos. Quiero decir que su actitud es tan democrática como lo sería nuestra ante la independencia del País Vasco o Galicia. El problema de España es que quienes la gobiernan alternativamente, es decir, el Partido Popular y el Partido Socialista, rayan casi el analfabetismo democrático. Hacen toda la comedia formal que requieren las reglas básicas de la democracia, faltaría más, pero basta con ponerles a prueba un poco para que muestren principios absolutistas e inquisitoriales. Por eso nos descalifican como catalanes, por eso nos insultan, nos desprecian, nos amenazan y nos agreden, porque nos quieren sometidos a su voluntad hasta el fin de nuestros días. Un ejemplo reciente de esta mentalidad, lo tenemos en la avalancha de intentos de intimidación hacia Cataluña por parte de varios presidentes autonómicos y de dirigentes del Partido Popular y del Partido Socialista. Veamos algunos:
• José Antonio Monago, presidente de la Junta de Extremadura (PP) pide que Artur Mas, presidente de Cataluña, sea encarcelado.
• Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia (PP) exige la sumisión de los catalanes a la nación española y califica la identidad nacional catalana de «identidad excluyente».
• Javier Fernández, presidente del Principado de Asturias (PSOE) critica a Cataluña por no subordinarse a España como dogma de fe y la acusa de «maquillar la historia».
• Ignacio González, presidente de la Comunidad de Madrid (PP) hace suya la máxima del régimen anterior sobre la unidad indivisible de España y tacha de «desafío» toda acción que no se subordine a la misma.
• Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía (PSOE) y candidata a sustituir a Alfredo Pérez Rubalcaba, considera que la independencia de Cataluña sería un «privilegio» inadmisible.
• Rafael Hernando, portavoz del PP en el Congreso español, afirma que Cataluña no puede decidir por sí misma porque esto equivaldría a decidir sobre los españoles.
• Ramón Luis Valcárcel, presidente de la Región de Murcia (PP) dice que «la independencia de Cataluña es un planteamiento rural.»
• José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del gobierno español ( PSOE) critica el referéndum catalán y dice que «las preguntas son caminos de división».
Al leer barbaridades como éstas, los españoles demócratas sienten escalofríos y se avergüenzan de sus dirigentes. Saben que España, a pesar de caminar hacia el abismo a causa de una deuda que no podrá pagar nunca, está obsesionada en el sometimiento de Cataluña. Por otra parte, estos españoles ya hace tiempo que se dan cuenta de que el Partido Popular y el Partido Socialista no tienen ninguna solución para detener la caída libre de su país y que es por eso que, como hacen siempre los regímenes absolutistas, intentan focalizar la atención en un enemigo que distraiga a la gente y la cohesione contra ataques imaginarios. Después de todo, mientras se habla de Cataluña no se habla de otra cosa. Es la manera de conseguir que su electorado, a pesar del hundimiento del país y un paro que afecta a unos cinco millones de personas, les continúe votando.
Todo bastante patético, por tanto. Debe resultar muy duro ser demócrata español en un entorno de pensamiento único como este. Un pensamiento único que se llama «unidad de España» y que en forma de enfermiza y paroxística obsesión está llegando a límites verdaderamente esperpénticos. Es todo lo que se puede esperar de un Estado que prohíbe votar, que criminaliza el derecho de decidir, que intenta desacreditar a Cataluña internacionalmente, que la expolia económicamente y que hace todo lo posible por destruir su lengua. Se entiende que los demócratas españoles digan que se han quedado sin horizonte. Son muy conscientes de que España no es país para demócratas.
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