Para los griegos, explicaba Jean-Pierre Vernant (uno de los tres o cuatro helenistas más inteligentes del siglo XX), el hecho de que cada artesano sea especializado, que uno haga zapatos, otro escudos y otro ánforas y tinajas, demuestra precisamente que la división del trabajo no puede ser el fundamento de una sociedad.
Porque el fundamento de la sociedad es lo que los hombres tienen de parecido, no la diferencia. Por tanto, lo que debe unir a los hombres es lo que muestra Protágoras, en el diálogo de Platón, cuando explica lo que ocurrió en el momento de la creación de las especies. Prometeo y su hermano Epimeteo se encargaron de dar a cada especie animal la forma, las cualidades y las fuerzas que han de caracterizarle.
Hay que procurar que estas cualidades se equilibren: si daban a un animal fuerza y tamaño no le daban velocidad, si era más frágil sería también más veloz para poder escapar y subsistir. Al final formaron los hombres, y ya no quedaban suficientes cualidades ni fuerza bastante para repartir. El hombre quedó desamparado, y para evitar que la especie humana desapareciera debido a su fragilidad, había que dar a cada uno un saber técnico para compensar sus deficiencias.
El hombre es sensible al frío: haremos hiladores y tejedores. Tiene los pies delicados: crearemos zapateros. Sufre la intemperie: haremos carpinteros y obreros de villa. Y así, intercambiando sus productos, formarán una sociedad. Pero no funcionaría, porque cada uno se ocupará de sus asuntos, disputarán, pelearán, irán a la ruina. Zeus se da cuenta del desastre, y para remediar la catástrofe envía a Hermes como remedio y salvación. Hermes llevará a los hombres el sentido del honor y de la justicia, y a partir de ello los hombres podrán constituir la ciudad: no porque poseen los saberes técnicos, sino porque tienen la misma idea de lo que es justo y honorable.
Una idea que, por cierto, ya tenía bien definida Homero, y la atribuye a sus héroes, que difícilmente podríamos considerarles «ciudadanos». Pero con el paso de los siglos, parece que hemos perdido esta idea común. Y así nos encontramos ahora mismo, esperando que Hermes vuelva. Precisamente esta idea está en el fondo del escándalo de Heródoto cuando observa que los persas de rango inferior se bajan y se postran ante los de rango superior, algo que un griego nunca haría. Y lo que los romanos del imperio tardío reimportaron de Oriente, y nosotros hemos heredado en tantos rituales monárquicos y religiosos.
En ningún país «oriental» era pensable aquella isegoria de la que hablaba Herodoto, ni ninguno de los conceptos que se relacionen con ella. Ahora mismo, podemos considerar a Heródoto como etnólogo fundacional, como fundador de la literatura de viajes, como definidor -por el método comparativo- de los rasgos iniciales de nuestra civilización. Pero siempre será, sobre todo, el «padre de la Historia». Un historiador, en este tiempo nuestro, es un profesional que consulta los archivos o las hemerotecas, lee libros escritos por colegas, y cuando tiene recogido material suficiente escribe él mismo libros o artículos, y envía comunicaciones a congresos.
Herodoto, padre de la historia y de la etnología, hizo lo que antes de él no había hecho nadie: querer saber qué había pasado, conocer los pueblos y los protagonistas, informarse de los hechos, y luego poner todo esto por escrito. «Escribir para salvar la memoria. La lucha eterna del hombre contra el tiempo, contra los fallos de la memoria, esta facultad efímera y propensa a quedarse en blanco, a desvanecerse. El concepto de libro, de todo tipo de libros, nació de esta lucha. Es por eso que los libros son tan duraderos, casi eternos.
Porque el hombre es consciente -y a medida que envejece lo acusa cada vez más- de la debilidad y la volatilidad de la memoria, se da cuenta de que, si no registra su sabiduría y su experiencia de alguna forma perdurable, lo que lleva dentro de sí perecerá. Es por eso que todo el mundo quiere escribir un libro: los cantantes, los futbolistas, los políticos y los millonarios. Y si no lo saben hacer o no tienen tiempo, se lo encargan a otro. Tanto es así que escribir un libro no parece una gran proeza.
Los que opinan así pueden citar a Thomas Mann, según el cual «el escritor es alguien que, a la hora de escribir, tiene más dificultad que los que no lo son».» Esto escribe Ryszard Kapuscinski, recordando que la historia se inventó para salvar la memoria de los hechos. Tal como antes, de otro modo, se había inventado la épica: para que la gente del futuro tenga conocimiento.
EL TEMPS









