Un trabajo espléndido, el que ha hecho el periodista Paco Villar con el libro «Barcelona, ciudad de cafés» (Viena Ediciones, 2013). Se trata de un libro que explica con detalle cuáles eran y cómo eran los grandes y magnificentes cafés de Barcelona en el período 1880-1936. Leerlo no es sólo un viaje al pasado de la capital de Cataluña, también es un baño de historia, de aventuras, de anécdotas y de comportamientos sociales. Incluso de doble moral, como lo evidenciaban las dos entradas del Café Suizo, la principal, en el número 40 de la Rambla, en la que todo era «escrupulosa moralidad», y la discreta, al 17 de la plaza Real, que conducía a los reservados del entresuelo y que utilizaban los prohombres de la ciudad con señoras de las que se decía de «honra averiada».
«Barcelona, ciudad de cafés» habla de los cafés románticos, de los cafés del Eixample, del Paralelo y de la plaza de Cataluña, del Gran Café Colón, del Alhambra, del Excelsior, del Canaletas, del Chicago, del Torino, con salas diseñadas por Gaudí y Puig i Cadalfach, del Gambrinus, del Continental, del Refectorium, del Lion D’Or, de la Maison Dorée y, entre otros, els Quatre Quatre Gats, que aún está vivo. El libro habla de cuáles eran sus clientes y de cómo se comportaban en su interior. Isaac Albéniz hacía conciertos en el Colón, Eduard Toldrà los hacía en la Granja Royal, Ángel Guimerà, Narcís Oller y Antoni Gaudí menudeaban el Pelayo, Eugeni d’Ors y Raquel Meller el Lion d’Or, Carles Riba, Santiago Rusiñol, Ramon Casas y Joan Maragall el Continental… Veamos algunos fragmentos:
* «Barcelona se convirtió en punto de reunión de una fauna internacional pintoresca y turbia que huía de las atrocidades de la guerra [1914-1918]: aventureros, espías y contraespias, aristócratas, saboteadores, croupiers, gentuza de todo tipo… . y, sobre todo, un amplio contingente de profesionales del sexo que provocaron una conmoción general».
* «La mujer moderna [segunda década del siglo XX], conocida en Francia gracias a la figura de la ‘garçonne’ y en la cultura anglosajona con el nombre de ‘flapper’, era una mujer sin excesivas necesidades económicas, que se maquillaba, paseaba sola por la calle mostrando los contornos de las piernas, bebía alcohol sin moderación o tomaba ‘Cocó’ si era eso lo que le gustaba, y fumaba cigarrillos con una gran sensualidad teatral. En cuanto al sexo, mantenía relaciones sexuales con los hombres que quería sólo por placer y diversión, y si mucho le convenía conservaba la virginidad para su futuro marido, o eso decía, y realizaba otras prácticas sexuales que no la pusieran en peligro».
* «Las obras de soterramiento del tren de Sarrià, que dejarían en desuso el antiguo edificio de la estación, fueron la causa principal del nacimiento del Café Bar Zurich, fundado por Andreu Valldeperas i Ros. Sus orígenes se remontaban a un quiosco de bebidas, La Catalana, instalado junto a la estación en 1887. […] Antes de que Primo de Rivera inaugurara oficialmente el ferrocarril subterráneo el 27 de marzo de 1929, el Zurich ya se había ampliado transformando la sala de espera de la estación en un salón de café con una barra de bar, y disponía de una gran terraza exterior desde la que se dominaban la plaza de Cataluña y la Rambla».
* «Durante la verbena de San Juan del año 1933 faltó muy poco para que se produjera una catástrofe. Dos guardias de seguridad que se encontraban de servicio en los alrededores del Café Español vieron que, a eso de las once de la noche, entraba un sujeto con un paquete cubierto por un gran pañuelo. […] La sorpresa fue mayúscula cuando, al cachearle, descubrieron que llevaba una bomba de forma cilíndrica, de 25 centímetros de largo y 15 de diámetro, cargada con seis cartuchos de dinamita y metralla abundante, que pesaba aproximadamente doce kilos. […] El motivo que alegó para llevar a cabo este acto de sabotaje era que en ese establecimiento servían cerveza Damm, a pesar del boicot que habían impuesto algunas organizaciones sindicales a esta marca».
* «Alejandro Lerroux pidió dos botellas de Cordon Rouge, que era el champán que le gustaba más. En el momento en que Lerroux acercaba los labios la copa de este champagne refinado y carísimo, Pere Vives le preguntó: «Si ahora entraran unos obreros de San Andrés y la interpelasen sobre este champán, qué les diría, señor Lerroux?» «Les diría -contestó rápido- estoy catando el vino que beberá el proletariado del futuro, sus hijos…» Después de haber comido comidas espléndidas, era corriente que los camareros [del Café Suizo] le prepararan bocadillos que envolvían con papel de periódico que Lerroux llevaba luego a los mítines y a las populares meriendas fraternales».
El libro de Paco Villar, «Barcelona, ciudad de cafés», es un testimonio delicioso de la vida barcelonesa a finales del siglo XIX y principios del XX no sólo por el montón de fotografías e ilustraciones que contiene, sino por las jugosas vivencias que narran sus páginas y que nos muestran cómo ha cambiado el mundo con relación a aquellos tiempos. Con los ojos economicistas de éste parece inverosímil que en Barcelona pudieran subsistir cafés que eran auténticas obras maestras arquitectónicas, decorados con vitrales, rotondas, pavimentos de mármol, azulejos adornados con placas de porcelana, arañas gigantes con cincuenta picos de gas y un servicio formado por una treintena de camareros. Sin embargo existieron. Este libro hace una crónica fiel de lo que fueron y lo que representaron, y el lector, página a página, termina sintiendo una gran nostalgia por todo el patrimonio que hemos destruido a fin de dar cabida a franquicias que ahuyentan el comercio local y degradan la identidad de nuestras ciudades.
RACÓ CATALÀ









