Ryszard Kapuscinski, como su remoto precursor Heródoto, era un hombre que salía de casa, que corría por el mundo preguntando y mirando, era lo contrario de tantos escritorcillos, politiquillos y intelectualillos de tantos países (y de nuestro muy especialmente), que no ven ni entienden ni saben más allá de una corta frontera. De una corta frontera en el espacio, o en el tiempo. El escritor viajero polaco, recordando a Herodoto y el sentido de la historia, define como «provinciano» aquel que piensa en un espacio limitado y le atribuye un significado excesivo, universal («La ‘Comunidad’ -Valenciana- es el modelo y la envidia del mundo», decía el pequeño presidente Camps, «Rajoy ha hecho un viaje triunfal a Washington», dice la prensa española, mientras los periódicos americanos ni la citan). Yo, a esta actitud, quizás la definiría también de otra manera más contundente, pero no importa. Y a continuación escribe Kapuscinski: «Pero T.S. Eliot advierte contra otro provincianismo, uno temporal y no espacial: ‘En nuestra época, en la que los hombres parecen más propensos que nunca a confundir la sabiduría con los conocimientos y los conocimientos con la información, y a intentar resolver los problemas de la vida en términos de ingeniería, surge un nuevo tipo de provincianismo que quizás merece un nombre nuevo. Es un provincianismo del tiempo, no del espacio: uno para el que la historia es simplemente la crónica de los ingenios humanos que han servido para lo que convenía y ya han sido descartados; uno para el que el mundo es sólo propiedad de los vivos, una propiedad en la que los muertos no tienen acciones. La amenaza de este provincianismo es que todos, todos los pueblos de la tierra, podemos ser provincianos juntos, y los que no se contenten con ser provincianos sólo pueden convertirse en ermitaños». «Esto pensaba Eliot en 1944, y de eso han pasado ya setenta años, y es mucho peor. Si quieren un caso emblemático, y exasperante, piensen en los políticos valencianos, todos los «populares», la mayor parte de los «socialistas»: no son sólo íntimamente provincianos del espacio, aún lo son más del tiempo. No les interesa la historia, no les importa: no quieren recordar ni saber, no quieren entender el pasado (los últimos 300 años, por ejemplo, o los últimos 30), y no pueden entender el presente.
El País









