Avenida de Samaranch y del Franquismo

Hay cosas que son inadmisibles, y la intención del Ayuntamiento de Barcelona de dedicar una avenida al exdirigente fascista Juan Antonio Samaranch, mano derecha de Franco y cómplice de los miles de crímenes que su régimen de terror cometió contra la humanidad, es una de ellas. Quiero pensar que tanto el alcalde Xavier Trias como CiU -aceptando la propuesta del PP, partido fundado por otro exdirigente fascista- no han medido la barbaridad que están a punto de cometer. Si es así, todavía están a tiempo de rectificar. De otro modo, pasarán a la historia como autores de una falta de ética impropia de un ayuntamiento y de un partido democráticos.

Quizás a alguien le extrañe que el PSOE de Cataluña e Esquerra no digan nada. Pero es comprensible, tienen su pecado en esta cuestión, ya que ambos partidos, cuando gobernaban, cometieron una ignominia más grande. La misma ignominia que ICV. La diferencia es que ICV es aún más cínica y sí ha hablado. Enrique Gomá, presidente del grupo municipal de ICV-EUiA, ha afirmado con toda la hipocresía del mundo que dedicar una calle a Samaranch «vulnera el proceso de recuperación de la Memoria Histórica». Digo hipocresía, porque estas lecciones de memoria sorprenden mucho viniendo de alguien que parece tener tan poca. Sin duda, debe haber olvidado que la memoria histórica dirá para siempre que fueron justamente ICV, PSC-PSOE y ERC los partidos que el 22 de abril de 2010 rindieron homenaje a Samaranch en el Palau de la Generalitat con todos los honores del país. Por tanto, ¿cómo se puede ser tan hipócrita? ¿Dónde estaba el señor Gomà, cuando su partido escupía sobre la Memoria Histórica desde la sede del gobierno de Cataluña? ¿No era, aquel homenaje, «una decisión indigna de una ciudad [y de un país] que» -como dice él- «quiere ser referente en la defensa de los derechos humanos»? Aquello, digámoslo claro, fue un acto repulsivo. Y aquí tenemos cuatro razones, por lo menos, que lo demuestran: una, porque quien homenajeaba a este exdirigente fascista eran partidos autodenominados de izquierdas (!); Dos, porque muchísimas de las personas asesinadas por el régimen de tan siniestro personaje eran familiares de quienes hoy configuran la militancia de ICV, ERC y PSC-PSOE, tres, porque uno de los asesinados fue el presidente de Cataluña, y cuatro, porque Samaranch no renegó nunca -nunca- de su ideología fascista. Aún así, en 1985 fue condecorado con la Medalla de Oro de la Generalitat y en 1987 con la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona del Ayuntamiento socialista.

Y ahora, mira por donde, resulta que el propio Ayuntamiento, gobernado por CiU, pretende burlarse de todas aquellas víctimas honrando a uno de sus verdugos. Increíble. Increíble y repugnante. ¿No hay nadie en CiU que pregunte si se han vuelto locos? ¿No hay nadie que tenga presentes los vínculos de aquellos verdugos con el nazismo? ¿Cómo se entiende que en marzo pasado nuestras instituciones conmemoraran el 75 aniversario de la carnicería que Franco, Hitler y Mussolini causaron en Barcelona, con sus bombas, y que ahora dediquen una avenida a uno de sus dirigentes? ¿De dónde sale tanta indignidad?

Sí, ya sabemos que la excusa para homenajear Samaranch es agradecerle los servicios prestados por la concesión de los Juegos Olímpicos de 1992 a Barcelona -la misma Barcelona que sus aviones bombardearon-. Pero este agradecimiento equivale a admitir que nuestra candidatura no ganó por méritos propios, sino por obra y gracia de un Vito Corleone catalán que removía las cerezas del COI. Muy edificante, sí señor. ¿No recuerda el alcalde Trias, que fue el mismo Samaranch quien, traicionando los principios fundacionales del barón Pierre de Coubertin, modificó los estatutos del COI para impedir la participación nacional de Cataluña en los Juegos Olímpicos? ¿Con qué legitimidad criticamos el ataque fascista del Once de Septiembre pasado en la delegación de la Generalitat en Madrid, si en Barcelona dedicamos calles en honor de quienes fueron los líderes políticos de los atacantes?

Que el Ayuntamiento de Barcelona honre a Juan Antonio Samaranch, un hombre de Franco, por haber contribuido al olimpismo de la ciudad es tan execrable como si el Ayuntamiento de Berlín homenajeara Paul Freiherr von Eltz-Rubenach o Julius Dorpmüller, ministros de Hitler, por su contribución a hacer de Alemania el paraíso europeo de las conexiones viarias. Esperemos, por tanto, que el Ayuntamiento de Barcelona rectifique. Sería incongruente que Cataluña, mientras reivindica las libertades y se presenta ante el mundo como un ejemplo de civismo y cultura democrática, su capital no tuviera escrúpulos por dedicar una calle a un miembro destacado de un régimen sanguinario que era la antítesis de todo eso. Un ayuntamiento que honra a los dirigentes del fascismo es un ayuntamiento que se burla de las víctimas de sus crímenes y que merece el rechazo de todos los pueblos democráticos.

El Singular Digital