Vía Catalana: civismo contra absolutismo

Hay que felicitar a la ANC por el éxito de la Vía Catalana. Realmente espectacular. Incluyendo la organización y la labor de los voluntarios. Sobre todo teniendo en cuenta que el reto de igualar el hito del año pasado, con un millón y medio de personas, parecía inalcanzable. La meta, sin embargo, no sólo ha sido alcanzada sino que ha sido superada llegando al millón seiscientas mil personas con un grito unánime: «Independencia». Comparto, por tanto, el paralelismo hecho por el presidente Mas con la marcha de doscientas mil personas que hace cincuenta años tuvo lugar en Washington, liderada por Martin Luther King, para reivindicar unos derechos civiles que finalmente fueron reconocidos. Sin aquella marcha, hoy Obama no sería presidente.

Por eso hace gracia escuchar las voces españolistas que intentan restar representatividad a la Vía Catalana aduciendo que en Cataluña hay siete millones y medio de habitantes, no sólo el millón seiscientos mil que se manifestaron en la Diada. Hace gracia, porque denota una lamentable indigencia democrática que quizás puede servir para montar juerga en un bar de la Castellana madrileña, pero que es impresentable para ir por el mundo. ¿Cómo se explica, si no, que se escuchara el clamor de 200.000 personas en un país que en aquel momento tenía 180 millones de habitantes, y que no sea escuchado el clamor de 1,6 millones en un país de sólo siete millones y medio? Pues se explica porque la cultura democrática norteamericana, a pesar de sus taras, es infinitamente superior a la española. Así de sencillo.

La democracia española es una consecuencia de la muerte de Franco, no el fruto de una evolución política que apartara el dictador del poder, que lo juzgara por crímenes contra la humanidad y que lo encarcelara hasta el fin de sus días. Nada de eso. Franco murió en la cama en calidad de Generalísimo, y todo lo que ha venido después ha sido tan sólo un «apaño» -digámoslo empleando un término muy español- para mantener inalterable el principio básico y totémico del franquismo: la sagrada unidad de España. Ahora, los que se alternan removiendo las cerezas del Estado español no se llaman franquistas. Sería demasiado fuerte. Pero el principio básico y totémico de Franco es también el suyo: la sagrada unidad. Y es blandiendo este principio como se atreven a decir que Cataluña no puede decidir por sí misma porque no es nadie. Nos lo dicen así: «No sois nadie». Pues bien, que lo vayan diciendo. Mientras ellos, desde el absolutismo, hablan de unidad sagrada, nosotros, desde el civismo, demostramos al mundo que somos una democracia consolidada.

Víctor Alexandre
Nació Digital