La tendencia general de los humanos es a considerar que lo que hacemos es bueno y lo que pensamos es cierto: digo la tendencia general, no la de los escépticos de toda época y raza, ni la de quienes practican lo que está de moda llamar «pensamiento crítico» (que por otra parte no es ninguna novedad contemporánea). Entonces, si suponemos que lo que hacemos o pensamos lo hemos inventado nosotros -quiero decir los de nuestro tiempo-, nos apuntamos el mérito de la novedad, y si lo hemos heredado de los antiguos, el mérito de la conservación. Ya sé que el mito del pasado como tiempo mejor (el paraíso de los orígenes, la edad de oro) actúa a menudo como contrapeso o como moderador de la vanidad de los vivos, pero la visión habitual es diferente: o bien el mundo -nuestro mundo- es inmutable, tal como lo han imaginado y vivido la mayor parte de las sociedades «primitivas» o preurbanas (así es como era pensado, por ejemplo, el mundo de la China clásica), o bien lo podemos hacer cambiar poco a poco o de prisa, podemos «progresar», hacer revoluciones, ir adelante, y entonces la gente de cada tiempo se considera más «avanzada» en el recorrido de este camino. Visto así, los modernos somos mejores que los antiguos, o al menos eso debemos creer, ya que creemos en el progreso. Por tanto, los modernos y los antiguos, en la historia de Europa, siempre han sido opuestos, enfrentados: los paleo-y los neo-, los de antes y los de ahora, los nuevos y los viejos. Enfrentamiento que suele coincidir, obviamente, con el antagonismo entre generaciones, los jóvenes piensan que han superado a los viejos (sea en estética, en política o en inteligencia). Pasaba en Grecia con Esquilo y con Eurípides, pasaba en Roma, pasó en la Europa medieval apenas se recuperaron el pensamiento metódico y la literatura (repasemos Dante y su ‘stil nuovo’), y pasó sobre todo en el Renacimiento y con la repetida ‘querelle des anciens et des modernes’. Sin olvidar que el tiempo «moderno» es siempre el tiempo actual, el presente, lo que vivimos los que estamos vivos, o como mínimo el tiempo que aún no ha pasado del todo, el más reciente, el inacabado. En definitiva, «moderno» viene del latín modo, que quiere decir ahora mismo, o hace muy poco. Y no es casualidad que, en el campo de las artes plásticas (y de sus innumerables museos…), la expresión «arte moderno» es intercambiable con «arte contemporáneo». Olvidando que todo arte ha sido siempre contemporáneo.
Parece en todo caso, que, al menos mientras dure nuestra propia contemporaneidad (que implacablemente será un tiempo cortísimo, como todas), la última ‘Querelle’ será aún la de los posmodernos y los modernos, o como le quieran llamar, que no pasará de ser, como las otras, un episodio más de esta historia. Sobre todo porque la modernidad no es sólo un concepto circunstancial y reducido, sino una condición recurrente. La modernidad no es sólo el conjunto de actitudes y de ideas que nace más o menos con el racionalismo del siglo XVII, la ilustración del XVIII, con los avances de la ciencia y de la técnica, y las ideas sobre democracia, progreso y derechos humanos y todo eso. Esta es una definición más o menos ideológica, que ahora mismo se utiliza sobre todo para lamentar su final implacable, para contrastarlo con la posmodernidad. Pero entonces, si los «tiempos modernos» se han acabado (¿los de ‘l’Enciclopédie’, los de Karl Marx, o los del filme célebre de Charles Chaplin?), si lo que viene detrás es algo indefinido y sin nombre (tan sin nombre que sólo le podemos llamar «posmoderno») y que sólo se delimita por oposición, el resultado es que la modernidad clásica es antigua y lo que viene detrás es la modernidad nueva. Curiosamente, parece que también circula con mucho éxito una cierta visión catastrofista del presente. Según la cual, parece que hubo un tiempo pasado reciente -el «tiempo moderno»- en el que las desgracias que sufrimos ahora no existían. Lástima no haber nacido cien años antes, porque el presente, por lo que se puede ver, es un horror inhabitable, tanto en política como en literatura. En fin, es lo que suele ocurrir: el antiguo principio de oponerse al presente oponiéndose a quienes se supone que lo encarnan. A mí, que no he dejado de ser «moderno», que tengo vocación de «ilustrado», y que no he creído nunca en posmodernidades estéticas o ideológicas, esta oposición me parecería perfecta si no fuera que es perfectamente falsa y estúpida. Y cualquier tiempo es bueno para recordarlo, incluso los calores del verano.
El Temps








