Republicanos

Se ha hecho recurrente el tema de la República. El deterioro presente que sufre la imagen de la familia real española, da lugar a que se aborde la materia como una cuestión apremiante. Enfatizan la urgencia de resolver el dilema entre República y monarquía los mismos que rechazaron enfrentarse al problema, como imperativo ineludible para la democratización, cuando desaparecía el mismo Franco. Digo problema, por el apremio que sienten muchos de aquellos por justificar en el momento presente la suplantación de la monarquía por la República -sistema este que se ha manifestado cargado de conflictos en el Pasado-. Se contempla más extraña esta actitud, cuando hemos asistido hasta tiempos recientes a la exaltación del bien hacer de Juan Carlos de Borbón en su función de Jefe de Estado; actuación del monarca que los promotores y ejecutores del sistema político vigente en España no han dejado de reconocer.

Es cierto, en la actualidad tiene lugar una crítica continuada del comportamiento del rey. Ya no es este la persona ejemplar en el plano familiar, acorde con la imagen ofrecida a sus súbditos en los años difíciles de la encomiada transición. Hoy se dejan entrever relaciones personales inadecuadas. Tampoco aparece en el terreno de lo público como el personaje que observa la distancia correcta correspondiente a su real función; distanciamiento que ha permitido a los gobernantes elegidos y demás representantes institucionales ejercer sin interferencias la labor encomendada por los mecanismos establecidos en el vigente sistema jurídico. Incluso  el trato campechano por  el que ha sido alabado, es visto en la actualidad como un tanto fuera de lugar para tan alto representante institucional.

La trayectoria histórica del Imperio español hizo concluir a los promotores de la adaptación del Franquismo, en la conveniencia de recurrir a la monarquía como mejor solución política e institucional; la mirada puesta en su propósito de que posibilitara lo que ellos consideraban una transición sin traumas; transformación del franquismo ejercido por el criminal dictador en monarquía parlamentaria, que permitiera la conservación de lo esencial del sistema. No es posible en este punto minimizar el papel del Régimen  de Franco -obviando las peculiaridades de la personalidad del Dictador- como instrumento de reconstitución del Estado -Imperio- español. En el momento de la intervención violenta de Franco y sus compañeros España corría el riesgo de autodestrucción en su condición de Estado, a resultas de unas estructuras económicas y sociales basadas en el poder oligárquico, al igual que de la sujeción histórica de las colectividades sociales que la venían configurando en los siglos anteriores, en un grado sin parangón en Europa. Con la decrepitud del mismo Franco y su sistema, la necesidad insoslayable del cambio y adaptación del modelo a los tiempos la expresó sin ninguna originalidad uno de los prohombres del franquismo como lo era Fraga Iribarne, cuando recurrió a la conocida sentencia …es necesario que algo cambie, para que todo permanezca»…

Y es cierto que las élites españolas de toda índole -incluyendo las institucionales del estilo del ejército e iglesia y las socio-económicas; tales la vieja oligarquía propietaria y nuevos grupos industriales y financieros-, apostaron por la solución preparada por Franco, al abrigar todas ellas ciertos temores sobre el futuro comportamiento de la colectividad social. No era posible ignorar que  las gentes se mostraban reacias y esperaban el final de una dictadura de miras cortas, impositiva, autoritaria y retrógrada, frente a la apertura a lo moderno ofrecida por el inmediato mundo europeo, en permanente progreso por su nivel y calidad de vida; niveles estos conseguidos, precisamente, gracias al sistema político sustentado en la libertad tan denostada por el franquismo.

Estas circunstancias constituyen el núcleo duro  del proceso iniciado con la muerte de Franco. El Dictador podía tener su propio planteamiento, cuando afirmaba que dejaba todo  …atado y bien atado… ¡No debe concedérsele mayor capacidad de condicionar la marcha de los acontecimientos, que la de representar la contundencia con que había actuado hasta entonces el ejército español, amenaza permanente para quienquiera que se le ocurriese pensar en involucionar los efectos de la victoria de los poderes tradicionales! Franco se encontraba allí en lo alto, al alcance único de los privilegiados de su entorno y de ciertos invitados ocasionales. Era la esfinge que aterrorizaba con su amenazante mirada, al no ser previsibles sus reacciones más inmediatas. ¡Fue eficaz garantía, que proporcionó a sus partidarios el control de la situación, junto a los medios para adaptar el Régimen a las nuevas exigencias!

Este marco facilitó las imposiciones de los franquistas a las fuerzas de la oposición más caracterizadas. Europa y el conjunto de las instancias internacionales predominantes en el Mundo querían una solución sin convulsiones para España; singularmente similar a los sistemas socio-políticos predominantes en el Mundo occidental. La mayor parte de las fuerzas de oposición españolas asumieron estas líneas de estructuración del nuevo orden; algunas  convencidas y otras por estimar que constituía la mejor salida para la supervivencia del Imperio español. En estas últimas -las que representaban las formaciones socio-políticas que se habían enfrentado a Franco en la guerra- ganó la propuesta de aceptar las exigencias de los franquistas. La conveniencia de doblegarse a las exigencias de los franquistas fue denominada reconciliación ¡Se olvidarían los agravios pasados! Entre estos se encontraban los desmanes ocurridos a raíz de una ya lejana guerra, convertidos en símbolos de la maldad franquista -aunque también podían ser incluidos en este apartado los desmanes republicanos, de los que los franquistas no habían podido vengarse en parte (Paracuellos). Probablemente esta insistencia en los atropellos de la guerra, distorsionaba la realidad de la violencia del Régimen, mantenida hasta la desaparición de Franco, pero sin ocultar el propósito de seguir utilizándola como instrumento, a fin de propiciar los necesarios cambios formales de la Dictadura.

La dejación de mayor gravedad por parte de quienes asumieron el acuerdo fue la aceptación de la monarquía de Franco y renuncia a la República. Esta cuestión representaba el punto clave de la transición, al implicar el mantenimiento del conjunto del armazón institucional, que fue dejado al completo en las manos de los colaboradores de Franco. Así quedó el conjunto bien atado, quizás no como lo había planteado el mismo Franco, pero sí del modo que decidieron sus albaceas. El cambio se limitó a las modificaciones operadas en las formas institucionales; modificaciones que no implicaron la desaparición del autoritarismo. Por lo demás, no se tocaron las bases materiales de los grupos dominantes y los representantes de las fuerzas vivas del Régimen -Ejército e Iglesia primordialmente- conservaron sus medios e influencia. Los desacuerdos en estos sectores -Bunker- eran resultado de la incomprensión de lo que sucedía por parte de elementos obtusos ¡A fe que llenaron buen papel!

Los viejos «Republicanos» quedaron encantados y contribuyeron a la elaboración del imaginario de la transición. Entusiasmados con su rey, ensalzaron lo indecible la prudencia de Juan Carlos, proclamando simultáneamente el peculiar republicanismo propio, desde Felipe González a Santiago Carrillo. Se presumía disfrutar de un sistema monárquico de estilo nórdico, pero lo cierto es que el sistema se encontraba a caballo entre Europa y África. Faltaba el petróleo de Arabia, aunque es obligado reconocer que el monarca español apuntaba maneras… El acuerdo entre franquistas y «republicanos juancarlistas» pareció encontrar refrendo en la paz social, gracias a la satisfacción de la mayoría social con la posterior evolución de los factores socio-económicos que parecieron adscribir España a los países europeos del entorno.

Lo cierto es que el cuerpo electoral mostró de manera continuada el apoyo a los gestores de la transición, representados por los partidos representativos de los dos sectores sociales de mayor peso, P.P y P.S.SO.E.; -las clases altas, incluyendo en ella la oligarquía histórica, junto con los elementos ascendientes con el impulso de nuevos negocios, y una clase media de aspecto europeo, en la que se integraban los grupos altos de trabajadores y nuevos técnicos-. Por el momento, la realidad de la corrupción y responsabilidad consiguiente quedaba circunscrita a los directamente implicados y era sentida como un hecho limitado, que no alcanzaba a la eficacia del sistema. Igualmente es cierto que los partidos más comprometidos en la gestión de los asuntos públicos se vieron llenos de «presuntos inocentes», hecho este que suscitaba el disgusto y crítica de la ciudadanía, que, en todo caso, no iba más allá, satisfecha con el bienestar reinante. La consolidación de la situación se tradujo en una percepción del conjunto social de que se había actuado correctamente. Únicamente los efectos de una crisis mundial despertaron a muchos de los sueños del bienestar y disfrute.

La mala conciencia arrastrada por antiguos militantes izquierdistas movió a estos a destapar el viejo discurso republicano, al mismo tiempo que las banderas tricolor. No podían explicar por qué ahora era necesaria la República, por lo que mostraban cierto grado de vergüenza, cuando se les recordaba su todavía reciente dejación ¿Constituía el nuevo republicanismo una alternativa para la transformación social? Era fácil la respuesta, si se constataba la presencia de un republicanismo de derechas; desde luego en elementos fascistoides  que se remitían al viejo falangismo español: o -mejor aún- miraban a las corrientes europeas de raigambre nazi. A decir verdad, el mantenimiento y funciones de la familia real empezaba a ser visto como un despilfarro innecesario. La mejor imagen que podían ofrecer  sus miembros era la de mantener la compostura protocolaria en los actos oficiales y el saludo cortes a quienes comparecían ante ellos. Luego, las noticias sobre sus actividades de personas privadas se limitaban a mostrar la comodidad y desahogo de una vida sin esfuerzos, ni obligaciones importantes… Lo peor fue cuando ciertas circunstancias -conocidas únicamente por los enterados- pasaban a dominio público y de la caricatura se pasó a la crítica contundente sobre la actuación del rey y demás.

En el momento presente en muchos sectores que pertenecen a personas a las que se califica  de derechas de manera inequívoca, se plantea la conveniencia de una República que no tenga que referirse al autoritarismo de una personalidad, sin otra virtud que su pertenencia a una familia de empaque y tradición. Hoy en día han perdido prestigio los valores tradicionales del origen, títulos y ostentación; únicamente se considera el valor del trabajo y capacidad personal y se rechaza a los individuos que se desentienden de demostrar que merecen su riqueza por la labor eficaz que puedan desarrollar. No se estima a un individuo de origen nobiliario, si su comportamiento no es decoroso, aunque este se limite a su cara exterior. No importa que la imagen que se ofrece sea pura apariencia. Lo cierto es que gran parte de la vieja nobleza ha visto desaparecer su riqueza y no es objeto de la consideración de otros tiempos.

Por lo que se refiere a la monarquía, los miembros de las diferentes dinastías  son contemplados como personas más similares al resto de la ciudadanía y han perdido el aura que se creaba en torno a ellos en otros tiempos mediante la parafernalia del protocolo palaciego y ceremonial; de manera paralela al papel que se les asigna en su condición de jefes de Estado, limitado  básicamente a lo protocolario. Se entiende que las funciones a desarrollar quedarían mejor en personalidades de relieve,  que disfruten del reconocimiento mayoritario. A estos personajes se reconoce una competencia especial, caso de que se vean obligados a la toma de decisiones graves en circunstancias de excepción. En tales situaciones la colectividad acepta mejor el criterio de un personaje de prestigio, a quien se le reconoce prudencia y conocimiento de la realidad política. Esta perspectiva domina hoy en día el pensamiento que es denominado conservador ¡La monarquía es una realidad norteafricana y de la Península arábiga! ¡En el Noroeste de Europa un elemento del paisaje!

¡República de derechas! La monarquía ha puesto en evidencia sus  propios inconvenientes y la calle no le otorga capacidad para afrontar los retos del actual Imperio español. La perspectiva sobre la forma de Estado ha sufrido modificaciones muy fuertes en los sectores sociales que se encuadran en la derecha española. Los tiempos contemporáneos son de los hombres fuertes por sus propias condiciones físicas y mentales y no se tiene confianza en la capacidad y firmeza de los reyes por el mero hecho de serlo. Es cierto que esta perspectiva es resultado de la observación de la Historia actual. Los Estados que han necesitado de soluciones de firmeza han sido dirigidos por líderes resueltos y de planteamientos claros, en tanto las monarquías no parecen viables, sino en Estados estables y libres de crisis de identidad y ordenamiento jurídico.

El Imperio español se debate de nuevo en la crisis, como consecuencia de no haber resuelto los problemas históricos. A decir verdad, no ha logrado asimilar, más que de modo superficial, los valores y estructuras europeos que puedan permitir su afianzamiento y estabilidad. Se impone de nuevo el cirujano de Hierro para aquellos sectores dirigentes que constatan el fracaso de la transición, mediante la que se perseguía una integración en Europa que no se limitara a simples fórmulas de índole política ¡No ha sido posible! El proyecto de Estado-Nación español no ha conseguido desprenderse de las viejas rémoras concretadas en los planteamientos impositivos en todos los órdenes. Este Estado diseñado en los periodos feudales desde Madrid, no es viable sin la sujeción de las naciones de Navarra y Calalunya. Exige un fuerte poder central,  que se imponga a cualquier sistema de orden representativo que obligue a conceder el papel correspondiente a las Naciones separatistas. La queja del peso que tenían los sectores nacionalistas vascos y catalanes, son viejas. En la actualidad este condicionamiento es sentido y expresado por los más diversos elementos españoles de toda orientación política.

Este es un aspecto de la crisis; pero ¿Cómo actuar, cuando a la desafección por parte de las sociedades de estas Naciones se une la frustración  de las colectividades que se identifican con el proyecto nacional español? En efecto; la degradación de las condiciones materiales que traen consigo las crisis económicas, se traduce en frustración en el seno de los sectores bajos  de la escala social. Sus integrantes manifiestan el desapego con relación al egoísmo de los dirigentes y al discurso de las élites dirigentes, basado en la identificación de todos como españoles. Puede que en muchos casos el disgusto se transforme en crítica y alcance planteamientos de reforma profunda del conjunto de las estructuras sociales y económicas. Lo más corriente es el posicionamiento a favor de posturas nacionalistas, que empiezan con el ataque dialéctico contra los propios dirigentes, para dirigir finalmente los tiros hacia las aspiraciones de libertad de las naciones subyugadas, a las que se endosa la responsabilidad de los problemas del Estado español.

En este ambiente surge de manera suave y casi imperceptible el actual republicanismo  de las derechas, que tradicionalmente se expresaban monárquicas. Hoy en día confían mejor en la posibilidad de que aparezcan líderes capaces de plantear y dirigir propuestas de regeneración modernas, apoyadas en el respaldo de los sectores populares que han conformado las clases medias emergentes en el periodo de crecimiento; marginando, en todo caso, la referencia a una monarquía constituida por personajes de escaso relieve intelectual y personal del estilo de los actuales componentes de la familia real española. En el subconsciente de estos sectores, sigue pesando el espectro del individuo que representó a la Dictadura -Franco- a quien sus seguidores y epígonos otorgaron  un carisma que fue resultado del desconocimiento de su auténtico papel como gobernante. La presencia de un caudillo, refrendado por procedimientos electorales, gracias a un programa nacional, apoyado en la mayoría social de los territorios con población identificada con España, podría llevar al control del poder institucional de forma real y efectiva. El modelo tendría la apariencia de democrático y el respaldo social para las imprescindibles actuaciones fuertes. No se puede negar que un sistema como el descrito se acomoda de manera adecuada a las exigencias de un sistema republicano, de los que existen en el momento presente muchísimos ejemplos.

El análisis que precede puede servir de explicación a los recelos que se pueden abrigar desde una perspectiva navarra hacia una solución republicana española; no por preferir la monarquía, sino por entender que la misma no es instrumento idóneo para la resolución del problema nacional de Navarra. La reivindicación de la República española que se realiza en el momento presente por parte de la izquierda española, parece querer ignorar estas limitaciones y idealizar igualmente la realidad histórica de la IIª de las Repúblicas españolas. He expresado en otras ocasiones mi admiración por tantos de los que contribuyeron a su triunfo, a pesar de que es obligado reconocer los desmanes en que se incurrió. Como he señalado también en otras ocasiones, es obligado reconocer que el balance resulta favorable a quienes la sostuvieron y en grandísima parte desarrollaron unos esfuerzos encomiables en la solución de los problemas a que tuvieron que hacer frente ¡No son los criptofranquistas quienes tienen autoridad para denostarla! Con todo, considero que nos encontramos en otro momento histórico desde nuestra perspectiva de navarros. La experiencia histórica nos obliga a madurar nuestros planteamientos. Los retos que tenemos como Nación en el marco de la Europa actual nos obliga a no contar con España en su condición de Estado de modelo decimonónico, o si se quiere, como Estado-Nación imperial al estilo de la Francia de De Gaulle -espero que nadie sueñe en la España de Franco-. Se siguen manteniendo en la sociedad española, -incluso la de tendencias progresistas- fuertes ramalazos de «Voluntad de Imperio», demasiado arraigados para que se nos pida -exija-  que colaboremos en la configuración de un Estado que mira al sepulcro del Cid y al Escorial.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua