Sendero de deseo (sentier de désir en francés, desire path en inglés) es un término utilizado en urbanismo y arquitectura de paisaje para referirse a esos senderillos o atajos, dentro de zonas urbanizadas, que no están planeados desde arriba, sino que más bien han sido trazados por la erosión del paso de la gente que busca el camino más corto entre dos puntos o evitar algún obstáculo o rodeo innecesario. Como escribe George Redgrave, administrador del grupo de Flickr consagrado al registro de estos caminitos urbanos, «la clave de los senderos de deseo no es sólo que hayan sido hechos por una persona o un grupo, sino que estén hechos contra la voluntad de alguna autoridad que querría que fuéramos por otro camino menos conveniente». Así como las hormigas forman filas siguiendo el rastro químico que dejan sus iguales, los peatones de las ciudades siguen inconscientemente el rastro de un sentido común que les lleva a atravesar los parterres de césped que los de arriba han diseñado pensando en sus cosas, y no en la gente de a pie.
El atajo en general es buena imagen o metáfora de prácticas cotidianas y de mecanismos mentales habituales. El mismo pensamiento está hecho de automatismos que tienen algo de atajos. Atajo mental podría querer decir varias cosas, no todas buenas. Pero los llamados senderos de deseo son, además, expresión e imagen poética de la voluntad y el trabajo colectivos en contra de lo previsto y programado desde arriba. Gaston Bachelard ya habla de ligne o sentier de désir en su libro La poética del espacio, de 1957: «Sólo queremos examinar imágenes muy sencillas, las imágenes del espacio feliz». Sus estudios de topofilia, como él los llama, “aspiran a determinar el valor humano de los espacios de posesión, de los espacios defendidos contra fuerzas adversas, de los espacios amados”. Bachelard cita a George Sand: «¿Hay algo más bello que un camino? Es el símbolo y la imagen de la vida activa y variada». Al principio de su Walden, publicado en 1854, Henry David Thoureau, recordando los oficios que había ejercido en su vida, escribe: «fui también vigilante y mantenedor de caminos, si no de primer orden, de las sendas del bosque y de los que se entretejían por el campo, y cuidé de que permanecieran practicables durante todas las épocas del año con sus puentes para salvar las cañadas y en todo lugar donde la huella humana testimoniara su utilidad».
Hace unos años, trabajando en Calaf con Horitzo.tv sobre estos y otros asuntos, subimos en coche a la ermita de Sant Sebastià. Una vez arriba, el señor Josep, que muy amablemente nos hacía de guía, nos mostró el caminito por el que las gentes del pueblo subían antes de que hiciesen la carretera por la que nosotros habíamos subido. Aquel modestísimo camino debía de datar, como la ermita original, del siglo XVII. Todos recordamos el verso de Antonio Machado: «se hace camino al andar», frase que no es sólo figurada, sino que principalmente describe un fenómeno real. Recordemos también un documental de 1973, en el que Pier Paolo Pasolini se preguntaba sobre la forma de las ciudades. Caminando junto a las murallas de Orte (Italia), decía: «Este camino pavimentado con viejas piedras por el que andamos no es casi nada, es una cosa humilde. No se puede comparar con ciertas obras de arte estupendas de autores de la tradición italiana. Sin embargo, yo pienso que este caminito de nada (stradina dal niente), tan humilde, se ha de defender con el mismo cariño, con la misma buena voluntad, con el mismo rigor con que se defiende una obra de arte de un gran autor. Del mismo modo que debería defenderse el patrimonio de la poesía popular anónima igual que se defiende la poesía de autor, de Petrarca o de Dante, etcétera, etcétera.» (Se trataría de) «defender aquello que no está sancionado, que no está codificado, que nadie defiende, aquellas obras, por así decir, del pueblo, de toda la historia del pueblo de una ciudad, de una infinidad de hombres sin nombre que han trabajado en el interior de una época y que para mí han producido cosas más extremas y absolutas que las obras de arte de autor».
Ahora que parece que van a imponer a Madrid eso que llaman Eurovegas y a Tarragona el Barcelona World, es especialmente oportuno hablar de las cosas que la gente puede hacer en contra y a pesar de lo que quieren colocarnos como mandado, como inevitable. ¡Cuántos caminillos y otras cosas preciosas se sacrificarán bajo el asfalto y los neones del magnate americano y de las monísimas atracciones! Habría que defender el pasado anónimo y centenario del que hablan Bachelard y Pasolini, también por lo que representa de trabajo y de ocio populares.Habría que evitar que lo vendan los políticos, firmando lujosos contratos basura que nos meten por detrás como futura prosperidad económica.
Un contraurbanismo colectivo
Como decimos, este fenómeno es buen ejemplo de lo que se enfrenta a la imposición de un cierto modelo de ciudad, ese que el ciudadano siente cada día menos suyo. La existencia de estos caminitos, ¡en todas las ciudades del mundo!, delata el mal trazado de algunos itinerarios urbanísticos oficiales, representa un contraurbanismo desde abajo, no sólo colectivo, universal y anónimo, sino en gran medida también inconsciente. Prueba de ello es que muchos de ustedes no habían reparado antes en algo tan habitual o, al menos, no le habían puesto nombre, no lo habían convertido en tema. Seguramente porque cumple su modesta función como debe, sin hacerse notar.
En la novísima plaza de Lesseps de Barcelona fotografié, no hace mucho, un caminito de deseo. A los pocos días ya estaba vallado por funcionarios del Ayuntamiento que también habían replantado nuevo césped en las partes desgastadas por el paso de la gente (vean las fotos). En ese tira y afloja podemos estar hasta que se les ocurra, quizá, comenzar otra faraónica obra para la desgraciada plaza y sus sufridos vecinos. A los arquitectos, como a los políticos, les cuesta mucho reconocer sus errores. Muy al contrario, en las ampliaciones de los campus de algunas universidades extranjeras se planta el césped entre los edificios, pero sólo después de un tiempo (de 6 a 9 meses) se pavimentan como caminos las áreas erosionadas por el paso de la gente de un bloque a otro (es decir, donde la huella de una infinidad de personas sin nombre testimonia su utilidad). Fijarse y estudiar estos senderos ahorraría errores y ridículos a cualquier urbanista o arquitecto inteligente y, lo más importante, ahorraría trabajo a los aparejadores y obreros que tengan a su servicio. También los políticos se ahorrarían desencuentros y nos librarían de esfuerzo inútil si supieran seguir esa voluntad que la gente expresa por todos lados y de mil maneras. (Por cierto, hay otro grupo de flickr consagrado a recoger fotografías de vallas rotas y muros agujereados).
http://www.lavanguardia.com/cultura/20121107/54354248953/senderos-de-deseo.html








