El primer Día de la (Des)Memoria se celebró el pasado miércoles en las instituciones políticas de la Nabarra Occidental. Yo diría que con más pena que gloria, algo que, obviamente, nunca reconocerán los celebrantes. Al fin y al cabo, en la arena política lo que se lleva es precisamente pisar fuerte desde una posición de fuerza -y perdón por la redundancia-, siempre un paso más por delante del oponente político.
Una vez más, el enquistamiento del secular contencioso que enfrenta a Nabarra con los Imperios francés y español se hace manifiesto. De hecho, el desacuerdo a la hora de plantear una celebración conjunta ha sido patente. Nos pongamos como nos pongamos, la resolución de un conflicto estará más cerca el día en que todos los damnificados por las diversas conculcaciones de derechos humanos sean reconocidos como tales. Aún estamos, por desgracia, lejos de ese reconocimiento. Sigue habiendo víctimas de primera y víctimas de segunda. Y, lo peor de todo, sigue habiendo víctimas, sencillamente, olvidadas. Es decir, víctimas de las que nadie se acuerda.
El motivo de esa (des)memoria histórica parece ser la distancia cronológica que separa su sufrimiento del momento actual. Una mezquina consideración que goza de bastantes apoyos dependiendo de la adscripción política. Les propongo un sencillo ejemplo, y permitanme que lo enmarque en la Nabarra Norpirenaica. Nadie niega el carácter de víctima al gendarme francés tiroteado por ETA hace meses. Sin embargo, ¿alguien se acuerda los miles de muertos que los artífices del Terror de la Revolución Francesa dejaron en lo que hoy algunos conocen como Iparralde a finales del siglo XVIII?
Alguno me acusará de mear fuera del tiesto, de modo que lo pondré más fácil. Nadie niega la calidad de víctima al funcionario José Antonio Ortega Lara, pero, ¿alguien se acuerda -si no es para hablar del PNV- de Sabino Arana, encarcelado y muerto en prisión?
El conflicto nabarro no nace con ETA. Tampoco nace con la dictadura de Franco ni con el estallido de la Guerra Civil Española. Ni siquiera con la Gamazada, las Guerras Carlistas y sus recortes a la soberanía nabarra, tampoco con la Revolución Francesa. El contencioso nace en la primera mitad del siglo XI desde el momento en que el pequeño condado de Castilla cobra bríos y se propone engrandecer su territorio a costa hacer menguar el territorio de un pacífico estado medieval llamado Reino de Pamplona.
Llegados a este punto, muchos gustan de decir aquello pasó hace mucho tiempo. Si nos aferráramos a dicho argumento -dándolo por bueno- podríamos entonces decir que ya está bien de dar la matraca con el asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco (ha llovido mucho desde aquello, ¿verdad?). Según esa regla de tres, de aquí a unas décadas deberíamos dejar de recordar su memoria, porque hay que dejar de remover el pasado.
La hipocresía de la clase dominante nos lleva a una cínica y selectiva memoria. Y, lo peor de todo, la clase política nabarra (defensora, en teoría, de la soberanía nabarra) no contradice la apuesta de la clase política afín al imperialismo español. Y no lo hace a pesar de que conoce la Historia de Nabarra (no hablo de la historia -con minúscula- contada por los vencedores, ésa no es digna de ser renombrada). Grave irresponsabilidad, por tanto, la de quien sabe que los lodos del actual conflicto vasco no son sino el eco de los barros del conflicto nabarro que uno de los estados nación más antiguos de Europa sufre desde que un puñado de descerebrados comenzaron a proponer la unidad de destino en lo universal de los pueblos nación que poblaban la Península Ibérica desde tiempo inmemorial.
Por lo demás, la celebración del pasado miércoles parte de una evidente manipulación del concepto terrorismo. El uso (y el abuso) del citado vocablo permite a los españoles y a sus coristas sabinianos matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, deslegitiman otro tipo de víctimas que no encajan en su idea preconcebida de terrorismo (dígase el ejercido por una banda u organización de malhechores); y, por otro lado, le adjudican un significado contemporáneo (moderno) que, por ende, les permite descartar como violencias dignas de estudio y atención sólo porque se han cometido en épocas remotas en las que el concepto no estaba acuñado.
La celebración del Día de la (Des)Memoria es precisamente eso: una herramienta más -aún cargada de solemnidad- para que los nabarros olvidemos lo que somos; y para que, habiendo olvidado nuestros orígenes, nuestra idiosincrasia y nuestro ser, estemos mejor preparados para asumir con naturalidad el estado de colonización no sólo física y política, sino también mental, que padecemos desde la Edad Media.
Somos una de las últimas colonias de España y de Francia. Mientras haya un nabarro vivo para decirlo a los cuatro vientos, quedará un hálito de esperanza.
http://raularkaia.wordpress.com/2010/11/12/el-dia-de-la-desmemoria/







