El lastre de España

LOS últimos meses, tras el sobresalto protagonizado por la ciudadanía de Cataluña, volcada en las calles de Barcelona en favor de la soberanía de su país ante los atónitos ojos de los españoles -refugiados poco después en la bandera con el toro de Osborne (éstos son los que acusan a los demás de tener un problema identitario)-, hemos acudido, una vez más, a la constatación de que el gobierno español, comandado por Zapatero, es absolutamente incapaz de sacar al Estado español de la crisis y, lo que es peor, protagoniza la inestabilidad constante, con una política errática, plagada de flagrantes contradicciones, que se plasma día sí y día también en propuestas que ahora se hacen y más tarde se retiran o en anuncios de importantes medidas de las que al cabo de una horas se afirma que solamente eran proyecciones.

Pero qué se puede esperar de un gobierno del que uno de sus portavoces más cualificados -es un decir-, el ministro de Fomento, es capaz de decir, ante el conflicto con los controladores aéreos, cosas como: «ya se sabe que nuestra paciencia es infinita. Pero nuestra paciencia tiene un límite». A temblar, sufridos estudiantes y profesores de materias varias. El señor Blanco ha descubierto algo que merece un Nobel: el límite de lo infinito. El infinito finito.

Ya de vuelta del verano, los sindicatos españoles se aplicaron a la huelga general del 29 de setiembre. A apuntar que la huelga la dejaron para después de las vacaciones, al contrario que los sindicatos nacionales vascos, de manera que la huelga se planteó cuando ya las medidas que se denunciaban como de recorte de derechos sociales estaban ya aprobadas en las cámaras legislativas estatales. Y pasó lo que tenía que pasar. En Euskadi, fracasó la huelga, por motivos obvios, y en el Estado también, digan lo que digan los líderes sindicales.

Hace unos días, el secretario general de UGT llegó a afirmar, en el colmo del paroxismo, que la huelga general había traspasado la barrera del sonido. Digo yo que debe ser por las bocinas que hicieron sonar durante todo el día, que en mi caso particular llegué a desear fervientemente que fueran sustituidas por aquellas dulces vuvuzelas que tanta fama alcanzaron en el Mundial de Sudáfrica. Afirmar que la huelga general ha sido un éxito representa no solamente una sublime muestra de cinismo; es llamar idiotas a todos lo que hemos visto -y hablo desde mi experiencia en Cataluña- que esa huelga hubiera tenido un infinitesimal seguimiento si no fuera por el establecimiento de servicios mínimos, por la coacción sistemática contra aquellos que decidieron ir a trabajar y por meritorias acciones revolucionarias como inutilizar con silicona los accesos a todo tipo de edificios fabriles, oficinas, comercios, y en el caso concreto de Barcelona y sus alrededores, hasta de los ambulatorios. Pero, presumiblemente, los líderes sindicales españoles no van a dimitir, a pesar de su gran confusión, falta de ideas y prácticas de otro tiempo, por no hablar de su silencio ante tantos y tantos actos vandálicos.

Hablo de estas cosas porque a los vascos, desgraciadamente, nos toca seguir viviendo con el lastre que supone España y su sideral desprestigio económico en Europa y en el mundo, desprestigio al que se suma ahora la irresponsabilidad de sus sindicatos.

Claro está que Euskadi, afectada por una crisis económica que afortunadamente ha podido sortear mejor gracias a que los anteriores gobiernos, tan demonizados por el gobierno nacional español PSE-PP actual, dejaron el país bastante mejor preparado que España, padece sin embargo el negativo efecto añadido de ver ligada su imagen a la tan deteriorada imagen española. Se acaba de conocer por ejemplo, que Moody»s revisará a la baja la calificación de nuestra deuda. Otro precio más del lastre llamado España.

En este contexto, produce perplejidad la insistencia con que el actual Gobierno vasco -ese que se iba a alejar de obsesiones identitarias- se empeña en ponernos la etiqueta de España en todo lo que se le pone a mano. No es solamente que constatemos la enorme torpeza de ligar cuestiones como la del Turismo a la marca blanca de España, sino que hacerlo, además, en estos momentos del máximo descrédito internacional de España, representa una doble torpeza. Cosas de anteponer a cualquier precio la imposición identitaria española, cueste lo que cueste.

La última expresión de esta política la encontramos en los fastos de Euskadi en la Expo de Shanghai. Valoro positivamente la presencia de nuestros cocineros, y también la de algunos empresarios que están instalados en China con éxito. No en vano ha habido empresas que supieron adelantarse a los tiempos, como aquellas de la Corporación Mondragón, grupo que ya por los años 80 enseñaba a cientos y cientos de chinos desplazados al Valle del Deba a dominar la tecnología que después implantarían en China. Y ha sido importante la presencia en el CEIBS, la primera escuela de negocios fundada en China, de la mano del profesor Nueno; una escuela cuya mirada hacia Euskadi, de ida y vuelta, tanto tiene que ver con el empeño de personas como Jon Azua.

China representa todavía muchísimas oportunidades como mercado al que dirigirse, ya sea exportando o implantándose en él. Pero el gran reto actual es prepararnos para el desembarco de las inversiones chinas en el extranjero, tarea a la que las autoridades políticas de China empujan a sus empresas en la actualidad. Por eso me ha sorprendido la pobreza de los discursos de Patxi López en Shanghai, y mayor sorpresa todavía las cosas que he podido leer, puestas en boca de personas que por su rango institucional tienen una altísima responsabilidad.

Si algo es prioritario hoy, es conseguir un buen plan de aterrizaje de empresas e inversiones chinas en Euskadi. Ya que, como bien recordó delante de Patxi López el profesor Nueno, las empresas vascas y españolas han llegado tarde a China, vamos a ver si entre todos somos capaces de no estar a la cola cuando quieran venir a invertir en nuestra casa.

Está bien recordar, como hizo Patxi López, la potencialidad del puerto de Bilbao. Pero, además de eso, hay que pensar y poner blanco sobre negro el desembarco de las empresas chinas. Y ya que hablamos de puertos, bien harían nuestras autoridades en recordar a las autoridades estatales españolas que los puertos del Estado español ya han sido prácticamente descartados por quienes traen su productos desde China. En lugar de recalar en Barcelona, que sería lo lógico, la tardanza en los trámites es tal, que los importadores recepcionan sus mercancías en Portugal, Holanda o Alemania.

Decir que tienes los brazos abiertos está bien; pero ya que en la alocución del presidente del Gobierno vasco estaba presente el embajador de España en Beijing, le podía haber pedido, de paso, que no tengan meses y meses esperando la obtención de un visado a quienes quieren invertir entre nosotros o a quienes quieren venir a estudiar, y, lo que es grave, porque parece que se habló de turismo, a quienes desde China hacia nosotros, quieren hacer turismo, que cada día son más.

Pero, bueno, lo importante debía ser estar a gusto en el Pabellón de España, cuyos responsables se esforzaban hace unas semanas en explicarnos a una delegación llegada de Cataluña que había que poner en todo la marca España. Gran objetivo, vive Dios. Mientras, hay que leer que la responsable de la Spri diga que «hace dos años las demandas de información iban encaminadas a la compra y búsqueda de proveedores o de subcontratación, pero poco a poco (sic) estamos observando que las empresas no solamente ven a este país como un mercado para este tipo de actividades, sino también para implantarse y producir aquí».

Pues sigan observando. Eso de implantarse, siendo bueno, es del siglo pasado. En Taicang, un pueblo de 460.000 habitantes a tres cuartos de hora de Shanghai, hay un polígono en el que hay más de cien empresas solamente procedentes de Alemania, entre ellas Merck, Schaeffler, Vollmer Werke o Fisher Group. Ahora esas y otras muchas están en llevar las empresas chinas a sus países, produciendo aquí y allá. Entre otras razones porque China ha llegado a ser una potencia en altas tecnologías. Mientras, en Euskadi la prioridad parece ser sacar de la crisis al sector del textil dedicado a producir banderas españolas.

El lastre de España y su gobierno, y el de sus fieles seguidores en Euskadi, pesa como una losa a la hora de pensar en un futuro mejor. Y no creo que la mejor receta, dicho sea con todos los respetos, sea salvar del naufragio a Zapatero.

 

Publicado por Deia-k argitaratua