Desde la cultura taurina al chasco final

Extraña a cualquiera que divague sobre la cuestión cultural, la poca historia que en ese sentido tiene la concepción toril de la tauromaquia. Pero la costumbre que nos ha llevado a su normalidad, ha mantenido la esencia de gloria y triunfo de la matanza artística del hombre sobre el bicho, cuando burla y engaña al animal.

Así se traslada un hecho concebido como de superioridad del hombre en artes y dando motivos al alarde de emulación. Dicho esto como principio, solo me resta confesar que fui un aficionado normal. Corrí encierros y vaquillas (eso sí siempre con miedo), y la afición paterna que siguió la mayoría de las corridas de toros de Pamplona y algunas de Donosita, me llevó a hacer de empresario de plaza en Elizondo, a medias con mi padre, con solo 20 años (1956). El mal resultado económico, no me desquitó de mi temprana afición, y apoyé la celebración de nuevas novilladas en dicho pueblo los años 1960 (con empresario particular) y en 1976 con otra nueva plaza montada esta vez por el pueblo, siendo alcaldesa Ana Mari Marín.

Mi pasión no fue a mas, pero seguí viendo el espectáculo como un complemento esencial a las fiestas y festejo esencial en muchas de ellas. Nada tengo en contra de su celebración ni de su supresión, y cuya celebración considero festiva, pero nunca cultural. Mi criterio es que los festejos taurinos, los hagan a satisfacción de quienes van dirigidos. Cosa diferente es calificar de cultural al espectáculo.

Cada uno puede optar por la posición que desee, pero lo que debe estar al alcance de todos es la visión mas próxima a una realidad social, y el interés que movió a su implantación. En interés de que se conozca los factores que primaron sobre el tema taurino, voy a apuntar lo que escribí el año 2005, Asedio a Fuenterrabía y avasallamiento de Guipúzcoa, que editó PAMIELA, pp. 246-247:

 

• Corridas de toros, entre la costumbre y la paz civil

Fuenterrabía estaba acostumbraba a celebrar la festividad de san Pedro con diversos festejos organizados por la hermandad del santo en colaboración con el municipio. Para la celebración del año 1639 se acordó en la sesión del 20 de junio que:

«se diesse y corriesse por su cuenta un toro, para ayuda de los que suele dar la dicha hermandad, y que en la forma acostumbrada, se celebre y solebnisse la fiesta en su plaza de armas y se hagan las barreras y tablados necesarios, y de ello tenga cuenta y distribuya lo necesario, el jurado mayor Juan de Juanmartindegui y su compañero Juan de Berrotarán, como tienen obligación».

Habitualmente la corrida no incluía la muerte del toro ni era san­grienta. Pero en contra de la costumbre de devolver los toros a los corrales tras las carreras, esta vez no se les respetó la vida: «no quedó toro ninguno vivo, porque ante el gran concurso de gente forastera y soldados castellanos, a usanza de su tierra, usando de desmán, de­garrotaron y mataron todos los toros». Y como sus dueños pidieron satisfacción y pago, hubo que compensarles su valor, pues se habían de contratar nuevos toros para las fiestas de la Virgen de septiembre.

Cercana la festividad de la Virgen, se recordó los desórdenes ha­bidos, y para evitarlos decidieron autorizar la muerte de los toros por los concursantes y que corrieran por cuenta de la ciudad, «por evi­tar mayores inconvenientes y pendencias, como los que se dieron en San Pedro». También se aprobó traer a cuenta de la ciudad la música de San Sebastián para los divinos oficios y procesiones, así como un tamboril de Irún para los bailes.

Introducida así la novedad de dar muerte a los toros, el 15 de oc­tubre de 1639 se ratificó el pago de los astados muertos en ambos festejos. Para evaluar el gasto se nombró a Miguel de Lizardi en re­presentación municipal, que lo haría a una con un representante del dueño del ganado. Finalmente, acordaron guardar las barreras para que no las quemasen los soldados.

La muerte del toro, con alarde de fuerza y armas, era todo un sím­bolo de adoctrinamiento militar. Francisco de Vitoria, en su Estudio sobre la guerra, dio en llamar a las corridas de toros «ejercicios mili­tares que aun con peligro de muerte, se hacen lícitos por los móviles sociales de adquirir mayor destreza y habilidad para la guerra». Bueno, cuando menos tenemos un dato del origen de la matanza del toro, frente al disfrute que se llevaba anteriormente.

 

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua