Hace un siglo, un acontecimiento en Sarajevo desencadenó la Primera Guerra Mundial. Las ambiciones imperialistas y los errores de cálculo causaron la hasta entonces peor guerra de la historia. Los imperios no aprendieron la lección y poco después, en 1939, se iniciaba la Segunda Guerra Mundial. Se supone que la construcción europea se basa en el aprendizaje de estos errores. Sin embargo, todo lo que está sucediendo en Ucrania, y particularmente en Crimea, presenta preocupantes similitudes con el pasado europeo más oscuro. La naciente diplomacia europea se enfrenta al mayor reto posible y sus resultados podrán condicionar el curso de la historia de la Unión Europea.
No cabe duda de que Ucrania es un juguete roto en manos de las potencias. Pero también ha cometido graves errores. Primero, el anterior presidente, Viktor Yanukovich, tensó las relaciones internas ucranianas al renunciar a fortalecer las relaciones con la Unión Europea. Luego, el gobierno provisional que ha tomado el poder en las últimas semanas cometió otro error gravísimo al anunciar el fin de la legislación que confería ciertos derechos a las minorías, particularmente a la importante minoría rusa. No es sorprendente que las zonas donde los ucranianos pro-rusos son mayoría se hayan levantado inmediatamente. Ambas partes tienen razones de peso para temer el futuro.
El problema de fondo es que en Ucrania coexisten dos almas, con dos identidades distintas y que miran en direcciones opuestas: la una, a Bruselas; la otra, a Moscú. No es fácil gobernar un país doble. Tal vez por eso la canciller alemana Angela Merkel ha sugerido iniciar un proceso federalizador en Ucrania, que dote de una importante autonomía al menos a la zona de Crimea, donde los rusos son casi un sesenta por ciento de la población. Otras voces sugieren que la división del país es casi inevitable.
Esto ha hecho saltar las alarmas en Moncloa y el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, no ha cejado en su empeño de que la declaración de la Unión Europea resalte que cualquier referéndum celebrado en Crimea no puede alterar las fronteras de Ucrania. Veremos. En Kosovo sucedió así, en contra de la opinión de Rusia. Y ahora Rusia, que ya avisó de las consecuencias de aquel importante precedente en el derecho internacional, se dispone a apoyar un movimiento similar que le permita retomar el control de un enclave estratégico para sus intereses. Los votos están de su lado. Si se preguntase a la población de Crimea, no cabe duda de que una clara mayoría apoyaría fortalecer los lazos con Rusia o, directamente, integrarse en Rusia. Las miles de banderas rusas ondeando por las calles y la ausencia de banderas ucranianas son suficientemente ilustrativas de esto. En ese caso, surgiría el problema de qué hacer con quienes apoyan en Crimea al Estado ucraniano, sin olvidar el caso particular de los tártaros. Pero esa sería otra cuestión.
No deja de sorprender que los principales conflictos en este inicio de siglo XXI sean similares a los de hace un siglo: Afganistán, Persia (ahora Irán), Crimea… Es la geopolítica que vuelve, o que tal vez nunca se ha ido. Los imperios crecen y se desploman y sobre sus cenizas surgen otros nuevos, aún más ambiciosos y orgullosos.
El Imperio ruso creció en el contexto del colapso del Imperio mongol, lo que le abrió las puertas de las estepas hasta el Océano Pacífico. Los pueblos absorbidos, casi siempre por la pura fuerza, aprovecharon las oportunidades ofrecidas por los momentos de debilidad del Imperio zarista y luego de la Unión Soviética para alcanzar su independencia: los países bálticos, Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán, Uzbekistán…
En ese vacío de poder las potencias occidentales, y tímidamente la Unión Europea, se abalanzaron a ampliar sus esferas de influencia, aumentar sus mercados y asegurar la provisión de materias primas y recursos energéticos.
Más allá de las retóricas de democracia y derechos humanos, los movimientos han sido zafios, burdos y humillantes para Rusia. La descomposición del imperio soviético fue seguida de unas tareas de desescombro político y económico que han sumido a Rusia en una situación muy complicada. La irrupción salvaje del mercado en los países excomunistas ha destrozado todo el entramado de prestaciones sociales sin haber sido sustituido por otro nuevo. Ello ha causado importantes desequilibrios en sus sociedades, aún mayores que en los países occidentales.
El sentimiento de agravio y humillación que muchos rusos sienten puede compararse al que sintieron muchos alemanes con el vergonzoso tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial. Y sabemos lo que sucedió después. Europa y el mundo aún no han olvidado las decenas de millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial.
Pero no todo es orgullo nacional. También se deben observar los intereses estratégicos que están en juego. Rusia ha tenido siempre, desde su inicio, la necesidad de poder acceder a los mares cálidos. Sus miles de kilómetros de costa en el norte son completamente inútiles para navegar. Fue Pedro I el Grande quien logró acceder a la costa del Mar Báltico y, tras diversas campañas, a la del Mar Negro, creando la base naval de Taganrog.
Esas prioridades no han cambiado. Durante el fin del periodo comunista, el gobierno soviético aceptó la reunificación alemana, la creación de la Unión Europea y la independencia de sus antiguas repúblicas en Europa y Asia Central. Pero su línea roja fue Kaliningrado. Amenazó con el uso de todos los medios si se cuestionaba su dominio sobre esa base estratégica en el Mar Báltico. Del mismo modo, en el Mar Negro se encuentra la principal base naval rusa, en Sebastopol (Crimea). Desde el siglo XVII, Rusia ha tenido siempre presencia militar en esta área y ha luchado muchas batallas para mantenerla, contra los genoveses, otomanos y británicos. Y ahora contra Ucrania. Cuando Rusia aceptó la independencia de Ucrania, sus únicas condiciones fueron retomar el control de las armas nucleares en suelo ucraniano y mantener su base naval de Sebastopol. Como el gobierno ucraniano tenía el control de los silos nucleares, Rusia tuvo que aceptar que Crimea quedase en manos de Ucrania y se conformó con firmar un acuerdo por el que se le alquilaba la base hasta 2017. Hace unos años, el gobierno ucraniano insinuó que a la conclusión del tratado quizás no se prorrogase el acuerdo, lo que obligará a desmantelar la base naval. Ello desató inmediatamente las hostilidades y Rusia actuó con virulencia, amenazando con dejar sin gas a Ucrania en lo más duro del invierno. Como Ucrania ya no disponía de los silos nucleares, se salió con la suya, dejando claro que Crimea es algo innegociable.
Cuando la represión del depuesto presidente ucraniano Yanukovich forzó su salida y le sucedió el actual gobierno provisional, éste cometió el error de iniciar una represión contra la minoría rusa, mayoritariamente localizada en Crimea. Le sirvió la excusa en bandeja a Rusia para intervenir en la península. Y es lo que ha hecho.
No se sabe qué sucederá en los próximos días o semanas, si habrá guerra civil, si habrá referéndum en Crimea, si habrá una nueva constitución federal… Pero si tienen que apostar por algo, apuesten que Rusia no se va a ir de Crimea. No perderán su dinero. Por muchas vidas que cueste.
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