En un ensayo de Pascal Bruckner que les recomiendo, ‘El fanatismo del Apocalipsis’, publicado en 2011, se apela a la «seducción del desastre» como nuevo mecanismo para fomentar la docilidad de las masas posmodernas, convencidas de saberlo todo porque ven series en el iPad y pueden opinar anónimamente -es decir, impunemente- en todas partes. Pero no todo es impunidad e ignorancia. He aquí que una carta firmada hace unos días con nombres y apellidos por 109 premios Nobel, donde se denuncia la improcedencia de ciertas teorías apocalípticas relacionadas con los llamados transgénicos, quedó prácticamente silenciada. Es el mundo al revés. Que yo recuerde, nunca se había llegado a un consenso tan importante y significativo (aquí hay muchos kilos de cerebro de primera calidad). Estamos hablando, conviene repetirlo, de 109 premios Nobel de procedencias geográficas, generacionales e ideológicas muy diversas. Denuncian que la actitud de Greenpeace hacia los transgénicos, y de manera especial hacia los proyectos relacionados con el arroz dorado, resulta simplemente irresponsable, en la medida que compromete la subsistencia de las generaciones futuras en muchas zonas del planeta. Consideran que estas ideas sólo se basan en referentes emocionales y en dogmas pseudocientíficos, e invitan a los gobiernos a dejarlas de lado y actuar de manera responsable. La carta termina con un interrogante que contiene una expresión durísima: ‘crimen contra la humanidad’ (no es una interpretación mía, no; pone literalmente esto: «crime against Humanity»).
Considerar que este documento tiene razón sólo porque está firmado por 109 premios Nobel sería apelar a un falaz argumento de autoridad. No lo haré. Ahora bien: ignorarlo o despreciarlo, como han hecho muchos medios de comunicación, es peor. Muestra descarnadamente una sociedad que equipara o iguala las ocurrencias publicadas en un blog cualquiera con aportaciones científicas que tienen detrás décadas de trabajo en equipo. El griterío aquí vale tanto como los argumentos, y los numeritos escénicos pesan lo mismo que toda una vida dedicada a la investigación. De hecho, es por completo previsible que en la edición digital de este artículo alguien replique que todos y cada uno de estos 109 premios Nobel son marionetas de la multinacional Monsanto y, de paso, de la CIA, el Mossad o los Illuminati. Estas tonterías se las han aprendido dócilmente, como loritos domesticados. El nuevo analfabetismo funcional global se basa en la absurda convicción de que estar bien informados consiste en llevar la contraria a la racionalidad científica y fantasear, por sistema, con oscuras conspiraciones y vistosos escenarios apocalípticos.
Todo ello no es nuevo. En 1912, por ejemplo, con el hundimiento del Titanic, la idea de progreso entró en crisis en Europa y, de hecho, fue uno de los desencadenantes directos del monumental ensayo de Oswald Spengler ‘La decadencia de Occidente’ (el primer volumen se publicó en 1918). Si Spengler considera que Occidente -entendido como un conjunto de valores- declina, es porque ha abandonado el espíritu fáustico, es decir, la apuesta por el riesgo emancipador, en nombre del conocimiento y del progreso de la humanidad. Hace cien años, Cataluña no fue ajena a ese debate. La Mancomunitat de Prat de la Riba quería ser una herramienta de construcción nacional basada justamente en las potencialidades del progreso científico y tecnológico. Hizo una tarea que, teniendo en cuenta el carácter irrisorio de sus medios materiales, resulta increíble. Hoy, sin embargo, Prat lo tendría mucho más difícil: el progreso científico se asocia más al accidente de Fukushima que a la curación de enfermedades que hasta hace poco eran mortales. Hace 100 años, los procesos de modernización se resaltaba todo lo positivo; hoy se subraya sobre todo -o sólo- la parte negativa.
Desde la perspectiva del liberalismo político, es bueno -de hecho, es imprescindible- que existan personas y organizaciones que discrepen: constituyen un buen contrapeso para evitar abusos de todo tipo (John Stuart Mill iba aún más allá, y decía que le preocuparía mucho una sociedad sin excéntricos…). ¿Sin embargo, cuál es el límite de todo esto? Lo acabamos de presenciar estos días: menospreciar -y en algunos casos, ocultar- la voz de 109 premios Nobel que osan criticar la presión de una ONG como Greenpeace, cuya legitimidad política resulta bastante cuestionable. Yo no sé si el arroz dorado puede resolver o empeorar problemas; estoy convencido, en cambio, que vale la pena tomar en consideración la voz de 109 científicos que han sido merecedores del galardón más prestigioso del mundo. Lo contrario me parecería arrogante y pretencioso, aparte de imprudente.
ARA








