Entrevistar al enemigo

 

 

Luis de Oteyza hizo en 1922 algo que debería enseñarse en todas las facultades de Ciencias de la Comunicación de este país: se metió en la autoproclamada República del Rif y entrevistó a Abdelkrim, el hombre más odiado de España

Luis de Oteyza (1883 – 1961)

Journalist, writer and poet. As Editor of La Libertad, he visited Morocco to meet with Abd el-Krim published his famous article

Existe la tentación carnal y existe la tentación narrativa. Tan irresistible como un cuerpo puede ser una historia, también sudando, y si existe un paisaje bordado de historias y tentaciones, ese es Afganistán.

¿Con quién has hablado? –le pregunté al chico que nos hacía de traductor.

Ocurrió hace quince años, acabábamos de aterrizar en Kandahar procedentes de Kabul acompañados de ese chico, y al llegar al guest house contactó con alguien por el móvil.

–He hablado con mis primos de Kandahar –dijo, y confesó que sus primos se movían por el otro lado del espejo. El lado talibán. Aquellos que, entre enormes campos de opio y marihuana, colocaban explosivos al paso de los vehículos blindados occidentales.

–¿Sería posible hablar con ellos? ¿Podríamos acompañarlos en alguna de sus acciones? –le preguntamos.

¿Era correcto dar voz a los malos? Y todavía más complicado: ¿qué intensidad informativa tenía la narración de cómo los talibanes mataban a soldados del ejército yanqui?

Como una magdalena de Proust con turbante, un libro recién salido de imprenta me ha retrotraído hacia el dilema de Kandahar, la fascinante biografía de un periodista español que ya pasó por esto: ‘El ingenioso e inquieto Oteyza en campo enemigo’, del periodista y antropólogo Guillermo Soler (Crítica).

Luis de Oteyza hizo en agosto de 1922 algo sensacional: se metió en el otro lado del espejo para entrevistar a Abdelkrim, el hombre más odiado de España. Lo hizo para su diario, llamado ‘La Libertad’. Dio voz al líder de una revuelta –la rifeña– que acababa de masacrar a diez mil soldados españoles: diez mil. La derrota más sangrienta sufrida por un ejército colonial europeo. En su respuesta, llamada ‘el desquite’, los militares españoles también decapitaron y ultrajaron cadáveres.

Fue una entrevista en mayúsculas ‘al otro’. El presentador estadounidense Tucker Carlson también ha entrevistado al otro. A Putin. Pero en minúsculas. Durmió en un hotel de lujo y se pasó antes por el Bolshoi. Oteyza, no. Los dos fotógrafos que le acompañaban no pudieron dormir. A uno de ellos le pareció que un guardia rifeño proponía degollarlos. Oteyza se tomó un narcótico y pudo dormir algo, pero estaba de los nervios y no comió.

Carlson no preguntó por Navalni ni incomodó a Putin. Oteyza, sí. Alteró visiblemente a Abdelkrim al recordarle que entre los prisioneros rifeños había criminales a los que no sería justo liberar. “Más criminales son los aviadores [españoles], que matan mujeres y niños […] –respondió Abdelkrim retratando el Oriente Medio de hoy–. Matan seres indefensos, y los matan impunemente ¡No hay, entre todos los asesinos de la tierra, mayores asesinos!”.

Efectivamente, España –nunca lo ha reconocido– fue pionera en el lanzamiento de gases tóxicos contra civiles. El agregado militar francés escuchó a Alfonso XIII comentar que el gas era, para el Rif, “la solución más económica y, al mismo tiempo, efectiva”.

La entrevista a Abdelkrim –defensor de España hasta que España lo echó a perder– impactó en la ciudadanía. Unos la celebraron y otros la sintieron como una patada en el vientre. Una pulsión que diez años después acabaría en guerra civil. En palabras de Pablo Colomer, “cuando los españoles ya no tuvieron más moros que matar se mataron a si mismos”.

Oteyza y Abdelkrim murieron en el exilio. El primero –siempre republicano y de izquierdas– se fue al inicio de la Guerra Civil: le repugnaba tanto el golpe fascista como lo que hacían los suyos. “Ambos fueron derrotados ante una cierta idea de España”, escribe Soler en esta absorbente biografía que tanto nos habla de la España de hoy.

Por mi parte, dejé correr la idea de pasar al otro lado del espejo afgano. Porque la tentación narrativa abrasaba. Descubrí que la historia no era sólo anotar en mi libreta el brillo en los ojos de los adolescentes talibanes que detonaban el explosivo y reventaban a soldados estadounidenses. La historia era hacer eso y salir rápido de Afganistán, plantarse en la base texana de Fort Hood y anotar –en la misma libreta– el brillo en los ojos del padre o la novia que recibían los cadáveres descargados de un avión militar.

–Si fuéramos con tus primos a los campos de opio, ¿nos secuestrarían, o alguna cosa peor?– le preguntamos al traductor, y su respuesta desnudó todo el peso que el cariño familiar ejerce en la geopolítica mundial.

–No creo. Mi tío se enfadaría.

LA VANGUARDIA