Entre las lenguas del mundo

El día que Yahvé acabó la creación, vio que todo era bueno, incluido el hombre que había amasado a última hora y, no sé si antes o después de descansar, hizo también la mujer. Entonces los primeros humanos, como que ya eran dos y no uno, de alguna manera tenían que comunicarse, además de servirse del tacto y los ojos. Hablaban, pues, y hablaban la misma lengua que el demonio usó para tentarla con la manzana, la misma que Yahvé empleó con voz malhumorada para reñirles y expulsarlos del paraíso: la lengua original de todos los mitos, aquella ‘Ursprache’ que los etnólogos alemanes del siglo XIX buscaron tanto tiempo sin encontrarla nunca. Pasó el tiempo, la cordura de los hombres no progresó gran cosa, quisieron llegar hasta el cielo construyendo una torre altísima, y el dueño del cielo les desmontó el abominable proyecto: en lo sucesivo, la confusión de las lenguas sería el destino propio de la humanidad. Es decir que, después de Babel, la diversidad empezaba a ser posible, y con ella las culturas y las civilizaciones. El mito original se había acabado, la lengua única también, y los humanos debieron experimentar un profundo desconcierto y una profunda alegría: no llegarían al cielo (al menos no en la vida mortal, quizás en la otra sí, nunca se sabe), pero se extenderían y ocuparían la tierra entera.

 

Habían perdido la lengua divina, la lengua de Adán, la lengua primera, pero ya podían inventar todas las lenguas del mundo. Podían, por tanto, dar nombre a todas las cosas y movimientos y fenómenos de la naturaleza que iban descubriendo, tantas cosas que en el paraíso terrenal no existían y por tanto no había palabras para decirlas: dieron nombre a las diversas formas de la nieve y del hielo, a los colores del desierto, a los terremotos, a los dolores del alma y del cuerpo, a los desengaños y la nostalgia, a los odios y los amores. Y todo ello de las más diversas maneras, de maneras infinitas, impensables antes de ser pensadas, y sobre todo antes de ser pensadas con palabras, que seguramente es la única manera que tenemos los humanos de pensar, y quizás la única manera de emocionarnos y sentir. Por eso es tan triste comprobar que los idiomas se pierden (idioma¸ en griego, quiere decir carácter propio, cosa propia), que las once lenguas de los pueblos samis del extremo norte de Europa desaparecen implacablemente, y con ellas los cientos de maneras de hablar de la nieve y del hielo, los efectos del frío, de los grandes rebaños de renos y los sentimientos de los pastores boreales. Ser humano significa sentir y pensar con palabras, ver el mundo con el idioma, con esa cosa propia: y cuantas menos “cosas propias” nos quedan, menos maneras tenemos que ser humanos. Y si algún día olvidamos todas las lenguas, si todos hablamos igual, no será un retorno al paraíso dichoso, será un infierno tristísimo.

 

No quiero imaginar aquel día infeliz en que quedaremos reducidos a una sola lengua universal, cuando todas las culturas del mundo, todas las literaturas, para ser comprensibles deberán ser traducidas a esta única lengua. Los que de vez en cuando traducimos literatura, sabemos cuán empobrecedora es la mejor traducción: cómo perdemos, a cada paso, una parte grande o pequeña de lo que Homero o Dante quisieron expresar en cada verso. Hasta aquí, he recuperado parcialmente un texto que, en primera versión, fue publicado en la revista Método de la Universidad de Valencia, ejemplo espléndido de revistas de ciencia. En las páginas monográficas bajo el lema “Del grito a la palabra” había una entrevista con Noam Chomsky (personaje que acierta en lo que sabe y yerra a menudo en lo que no sabe), el cual, cuando le preguntan por qué la diversidad lingüística es valiosa y merece ser protegida, responde: “Por la misma razón por la que estoy a favor de proteger la ciudad de Venecia de su destrucción por las inundaciones”. La ciudad de Venecia, antigua, pequeña, poco práctica, es como la lengua catalana, y más en el País Valenciano: está en peligro permanente de inundación y de ruina. Salvarla para la vida es caro, hacerla habitable es carísimo: veremos qué hacen los nuevos o viejos gobiernos en Barcelona o Valencia, veremos cuánto dinero gastan. Siempre será demasiado poco, para salvar una lengua del mundo que es la nuestra.

 

Sabemos muy bien que los idiomas, y muy especialmente en Europa, no tienen sólo un valor funcional, de vehículo de comunicación, como algunos afirman muy interesadamente: con este valor, las lenguas más “reducidas” serían fácilmente renunciables, en favor de las más grandes… y eso es lo que realmente quieren decir. No hablo de las lenguas en general, sino de cada lengua particular (y sobre todo de las llamadas “pequeñas”: del albanés al lituano, del esloveno al danés, y así cerca de una veintena, incluyendo nuestra, que no es de las menores), que cuando es vista como culta y oficial, reconocida como propia y nacional, se convierte en cierto modo en símbolo de ella misma: lengua institucional significa valor y dignidad al igual que las otras lenguas. Ciertamente, la percepción de esta “dignidad igual” y reconocida es esencial para la percepción eficaz de la dignidad propia del país o sociedad que la habla, y esencial para que actúen los mecanismos de cohesión y de adhesión: no es fácil adherirse o ser fiel a lo -país o idioma- que es visto como inferior y de menor valor. “Valor” y dignidad significan prestigio eficaz, uso preferente o único, en tanto que lengua propia, en todos los espacios de la vida social y política, en la cultura y en la educación.

 

Porque el pueblo y país propio, el grupo de identidad básica del cual se forma parte, no puede ser visto y tratado como indigno de ser conocido y reconocido como igual, so pena de alguna de las múltiples formas de enajenación o de esquizofrenia colectiva, o de algunos de los múltiples síntomas de desaparición lenta por disolución. La lengua propia tampoco puede ser vista como inferior, indigna del mismo trato que otra más fuerte…, so pena de ser abandonada a la primera ocasión o coacción. Tal como afirmaba Antoine Meillet, uno de los padres fundadores de la lingüística moderna, “une langue ne subsiste que misérablement là où elle n’est pas soutenue par un sentiment national”. Y ésta es también la historia moderna de Europa, de Estonia en Eslovaquia y de Grecia a Finlandia. Pasando por este país nuestro, donde lo que se defiende o ataca en materia de lengua (incluida en primer lugar la materia escolar) es, en último extremo, si somos o no somos un país digno de serlo. Demasiados políticos, evidentemente, piensan que no. Y no sólo en Madrid.

 

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