En política cultural, como en tantas otras cosas, no existe inocencia. Las decisiones sobre conmemoraciones, relatos institucionales, lengua de expresión o marcos simbólicos nunca son neutras: construyen país o lo desdibujan. En este sentido, la política cultural impulsada por el gobierno de Salvador Illa se inscribe en una tradición perfectamente reconocible: la del autonomismo gestor que, bajo una retórica de “normalidad” y “concordia”, erosiona los fundamentos nacionales de la cultura catalana y la reconfigura como apéndice regional de un proyecto español que se llama amable.
Dos casos son especialmente reveladores de esta orientación: la gestión simbólica de la obra y la figura de Mercè Rodoreda, y el uso institucional de Antoni Gaudí como icono desarraigado, universalizado hasta la esterilidad nacional. Rodoreda y Gaudí no son sólo dos figuras primordiales de la cultura catalana contemporánea; son también campos de batalla simbólicos. Y en ambos, el gobierno Illa ha optado por una lectura que diluye, rebaja o directamente esquiva el conflicto nacional que los atraviesa.
La cultura como “normalización” postnacional
El proyecto cultural del socialismo (sic) catalán contemporáneo parte de una idea aparentemente bienintencionada: la cultura como espacio de consenso, desideologizado, gestionado con criterios técnicos y abierto a todas sus identidades. Pero esa supuesta neutralidad es, de hecho, profundamente ideológica. En un país sin Estado, donde la cultura ha sido históricamente una herramienta de resistencia y construcción nacional, renunciar a esta dimensión es tomar partido. Y el partido que se toma es el del Estado más uniformizador.
Salvador Illa ha hecho de la “despolitización” uno de los ejes de su discurso. Pero despolitizar la cultura catalana significa, en la práctica, desactivarla como cultura nacional. Quiere decir convertirla en folclore, en patrimonio inofensivo, en marca turística o en producto exportable sin raíces. Y esto es exactamente lo que vemos en los casos Rodoreda y Gaudí.
Mercè Rodoreda: universalizar para borrar
Mercè Rodoreda es, probablemente, la figura más importante de la literatura catalana del siglo XX, al menos la más traducida y celebrada. Exiliada, represaliada por el franquismo, escritora en una lengua perseguida y torturada por el Estado, cuya obra es inseparable de la derrota de 1939 y de la supervivencia cultural del país. ‘La plaza del Diamante’ no es sólo una novela universal sobre la condición humana; es también una crónica devastadora de la derrota catalana.
Sin embargo, en los relatos institucionales impulsados bajo el paraguas del gobierno Illa, Rodoreda aparece progresivamente descontextualizada. Destaca su universalidad, el feminismo abstracto, la calidad literaria —todo esto indiscutible—, pero se desvanece el marco nacional y político que explica su voz. El exilio se convierte en una experiencia personal, no en consecuencia histórica; la lengua catalana, un vehículo expresivo más, no una trinchera.
Esta operación no es nueva, pero bajo Illa se ha acentuado. Rodoreda es presentada como una autora “de todos”, apta para un canon literario español amable, traducible, integrable. El conflicto -con el Estado, con el franquismo, con la negación nacional- desaparece. Y cuando desaparece el conflicto, desaparece también la capacidad crítica de la obra.
No es casual que esta lectura encaje perfectamente con una política cultural que evita cualquier confrontación con los marcos estatales. Rodoreda sirve, así, para exhibir una Cataluña culta y sensible, pero no para recordar a una Cataluña derrotada, resistente y aún no liberada. En este marco, la publicidad de la exposición al CCCB en castellano a página entera en ‘La Vanguardia’ no es extraña pero sí un obús directo a su memoria.
Antoni Gaudí: del genio catalán a la postal global
El caso de Gaudí es, si cabe, aún más elocuente. Gaudí ha sido convertido desde hace décadas en una marca global. Barcelona le ha hecho el centro de un modelo turístico que reduce la arquitectura a decorado y la espiritualidad a exotismo. El gobierno Illa no sólo no ha revertido esta tendencia, sino que la ha asumido plenamente.
Gaudí es presentado como un genio universal, un creador casi ahistórico, desvinculado de su contexto cultural y nacional. Su catalanismo —explícito, militante, profundamente arraigado en la Renaixença y en el catolicismo catalán— es sistemáticamente silenciado. Su uso consciente de la lengua, del simbolismo nacional, de la tradición catalana queda diluido en una narrativa cosmopolita que lo hace perfectamente compatible con cualquier relato españolizador.
Incluso los debates en torno a la Sagrada Familia, de su función urbana y espiritual, son abordados desde una lógica tecnocrática, desprovista de memoria nacional. Gaudí no es un arquitecto catalán que construye una obra monumental en una ciudad oprimida; es un “genio creativo” que genera valor económico y prestigio internacional. De nuevo no es raro que el Ayuntamiento de Reus y la Federación de Patinaje Española hagan hablar en castellano al insigne arquitecto y de nuevo es un obús directo a su memoria pensado desde la oficina gris del President de la Generalitat de Catalunya.
Una política coherente: menos nación, más gestión
Los casos Rodoreda y Gaudí no son excepciones, sino síntomas. Forman parte de una política cultural coherente, que apuesta por una Cataluña culturalmente activa pero políticamente inofensiva. Una cultura sin aristas, sin memoria conflictiva, sin voluntad de continuidad nacional. Salvador Illa no es un ignorante de la cultura catalana. Precisamente por eso, su política es especialmente dañina. No se trata de un ataque frontal, sino de una constante erosión. No se prohíbe, no se censura; se reinterpreta, se rebaja, se desactiva. La nación desaparece del relato, sustituida por una abstracción cívica compatible con el orden constitucional español surgido de un régimen y un legado de corte falangista.
Defender una cultura nacional no significa cerrarla ni empequeñecerla. Quiere decir, precisamente, asumir el conflicto que la hace necesaria. Rodoreda es universal porque escribe desde una lengua y experiencia oprimidas. Gaudí es único porque construye desde una tradición cultural concreta, no a pesar de ella. De ambas cosas se ha escrito sobradamente y no seré yo quien explique los porqués en estas líneas.
La política cultural de Salvador Illa, con su obsesión enfermiza por la normalidad y el consenso, pretende clausurar este conflicto. Pero sin conflicto no hay cultura viva, sólo patrimonio muerto. Y una cultura catalana reducida a patrimonio es una cultura a punto de ser asimilada. Ante esto, hay que reivindicar una política cultural que no tenga miedo a llamarse catalana, nacional y, si es necesario, incómoda. Porque sólo desde la incomodidad se construye la cultura y, porque toda actividad cultural y artística es, esencialmente, política.
RACÓ CATALÀ
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