Akelarre

 

Representación de un akelarre en las cuevas de Zugarramurdi.

Representación de un akelarre en las cuevas de Zugarramurdi.

Estuve en Zugarramurdi una mañana de invierno en que lucía sol aunque el viento noroeste enfriaba mi frente. El pueblo mostraba el esplendor de su arquitectura baska y penetré en la belleza incomparable de las cuevas –Infernuko Erreka–, impregnada por su humedad y la historia de una humanidad que ejerció su derecho a bailar y cantar, a comunicarse con los dioses de sus antepasados. Durante dos siglos, XV y XVIII, se vivió en Europa procesos de brujería que en Euskadi comenzaron en Auritz y culminaron en Zugarramurdi, con el castigo de quemar en la hoguera a cientos de mujeres, aunque hubo niños y hombres en esa exterminación. No fue cuestión nueva en la historia de la humanidad. La imagen del demonio o fuerzas del mal, en contradicción a la de un Dios, motor del bien. El diablo simbolizaba el desenfreno, la rebeldía, la maldad, contrapuesta a la del bondadoso Dios cristiano, sometidos sus fieles y por más de un milenio. Pero un marco religioso nuevo sacudía a Europa, el Protestantismo. La Iglesia católica, con los papas a lomo de caballo y espada en mano, dominaron el sur de Europa, dueños de media Italia, empeñados en la tarea de imponer el Credo, configurándose para ello la Inquisición, mal llamada santa, compuesta por jueces que conformaron tribunales, marcaron dogmas y dictaminaron sentencias condenatorias, marcando modelos de conducta. La brujería entra de lleno en ese universo autoritario y las mujeres, esa mitad de la población, sufre acoso y derribo al tildarlas de brujas, dado su acceso a las hierbas alucinógenas y curativas, y a la curación de padecimientos físicos, entre ellos el parto. La persecución no a todas alcanzó, pero sí a muchas. Su cercanía con la vida las hizo reas de la muerte.

La palabra en euskera, akelarre, se ha popularizado para titular el enredo de los rituales demoníacos. Los baskones, quizá por su resistencia a mantener su extraño idioma y exóticas costumbres, pese a la invasión del reino de Navarra, fueron acusados de mantener tratos con el demonio al ejercer actitudes sociales ajenas a la ortodoxia convenida. Akelarre significa el campo del macho cabrío y designa un lugar despejado en el bosque, alumbrado por la luna llena, Ilargi Amandre, gran diosa mitológica primordial baskona. Allí, hombres y mujeres se reunían a danzar y cantar, culminando el jolgorio sustentado por la infusión de tisanas de hierbas alucinógenas, con un desfile ante Akerbeltz, el demonio, con besarle final en el ano, y se añadían al relato vuelos a tierras lejanas como Terran. Se instalaron tribunales para castigar semejante desacato, el caso más puntual el de Zugarramurdi, 1609/10, con un dictamen final del Tribunal de Logroño, en cierto modo benévolo para lo que se llevaba actuando. Hubo gente quemada viva en la hoguera aunque no tanta como hubiera querido el inquisidor Lancre, pero la suficiente como para imprimir miedo, dolor y cólera en la memoria colectiva. Hoy es imposible leer los documentos sin sentir compasión por las víctimas y repulsión por los verdugos.

Seguimos ejerciendo esa dicotomía de ángeles y demonios. Buenos y malos. Blancos y negros. De quienes autoritarios y feroces indicando con su dedo índice el camino a seguir por los otros. Los humanos resultamos complejos y las disyuntivas que generamos las colectividades suelen ser confusas, nada fáciles de resolver ni siquiera por dictamen de un tribunal –caso Inquisición–, iluminado con el poder divino, advertido por unos, que no por otros. Cuando le vi salir de la Casa Blanca, con su chimenea sin fuego, a Zelenski ofendido por el insólito regaño recibido pero resuelto a seguir en su lucha honorable por la libertad de su país, recordé el exilio de nuestro pueblo a finales del S. XIX y tras la guerra que nos tocó padecer en 1936, preámbulo de la segunda mundial que sobrevino, tan terrible que ni siquiera entiendo que se pueda mencionar otra semejante en tono casi frívolo. El nunca más de la Primera Guerra Mundial me viene a la cabeza y me estruja el corazón.

Declaraban aquellas generaciones nuestras, señaladas con el índice de los fascistas de su tiempo, de la libertad de su país, en nuestro caso pronunciando el nombre de Gernika, símbolo de lo que fue democracia y lo que destruyó el fascismo, del derecho de los pueblos, de hombres y mujeres a partes iguales, a mantener su identidad e independencia. Hablaban y aún no se había escrito la Carta de los Derechos Humanos, en la palabra conformada por el convencimiento de que el discurso político es vía única para evitar la guerra. En los mensajes de José Antonio Agirre y Manuel Irujo no hay amenaza ninguna, sino la exposición honesta de sus principios, la proyección de su derecho a ser un pueblo.

La humanidad, los padres de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, crearon organismos que han hecho posible la Europa de hoy. Establecer el trabajo conjunto de hombres y mujeres, aborreciendo del castigo como fuerza de intimidación. Ni ángeles ni demonios, sino personas todas que puedan convivir en armonía. Nos toca a cada quien, y el sexo no debe marcar diferencia, vivir lo mejor posible, ya lo hacemos en esta tierra tan solo una vez y por breve tiempo. Avalar la justicia social indispensable para caminar en el mismo derrotero, con tolerancia, sin quema de brujas, pues eso solo eso hace posible desde la igualdad. La libertad se conforma desde esos principios activos y generosos, ajena a estos hombres de índice acusador, ceño fruncido por el enojo de no ser obedecidos, desgraciadamente al empobrecimiento, del timón del mundo. Porque pese a ellos y su amenaza de muerte, medito en la frase esperanzadora de Martin Luther King… “si se acabara el mundo mañana, hoy plantaría un árbol”. Porque es raíz vitalista, potencia de vida, fuerza creativa y una forma de oración elevada al cielo.

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