‘Donec perficiam’

Donec perficiam‘ era el lema que usaban las Reales Guardias Catalanas —la guardia personal del archiduque Carles III, comandada por Antoni de Peguera i d’Aimeric, marqués de Foix— durante la guerra de Sucesión de 1714. El lema estaba bordado en la bandera de Santa Eulalia para significar que los combatientes mantendrían la lucha ‘hasta triunfar’, hasta conseguir vencer al enemigo. Era un clamor, pues, de aseveración y de confianza con la victoria, si bien también denotaba que obtenerla costaría lo suyo. Aquella confrontación fue realmente violenta: no se ahorraron los bombardeos, ni los sitios inhumanos, como el de Barcelona, ni la represión. Aquella no fue una guerra específicamente catalana. Fue un conflicto europeo y los catalanes de la época quedaron atrapados entre dos bloques dinásticos que luchaban por imponer hegemonías, imperios y nuevas rutas comerciales. La consecuencia de todo aquello para Catalunya es suficientemente conocida y no es una invención mitológica nacionalista. Disponemos de estudios muy solventes, con perspectivas historiográficas distintas, que han explicado suficientemente qué comportó para los antiguos reinos de la Corona de Aragón la derrota en aquella guerra europea. La España borbónica impuso en los territorios desafectos un castigo desproporcionado con la intención de reforzar la monarquía y, en consecuencia, el estado nación que seguía el modelo francés de Luis XIV, el abuelo de Felipe V: “Je m’en vais, mais l’État demeurera toujours”, dijo en el lecho de muerte el Rey Sol, según el testigo del duque de Saint-Simon.

Muchos conflictos del mundo tienen un fundamento histórico. Los hay que se diluyen porque la fuerza del vencedor es capaz de doblegar la resistencia del vencido. Francia es, precisamente, un gran ejemplo. El absolutismo del Rey Sol fue diluyendo las resistencias de occitanos, bretones y catalanes, entre otras comunidades, para lograr el objetivo de unificación nacional, que sería la obsesión de los gobernantes franceses del siglo XIX. En 1976, el sociólogo norteamericano de origen rumano Eugen Weber (1925-2007) lo explicó maravillosamente en un libro que me recomendó leer, apenas publicado, uno de mis maestros, el profesor Rafael Aracil. El título es delicioso y preciso: Peasants into Frenchmen: The Modernization of Rural France, 1870-1914. De campesinos a franceses, esa era la cuestión. De súbditos a ciudadanos, si lo quieren plantear desde la perspectiva ilustrada. El proceso de “modernización” se aceleró a raíz de la guerra franco-prusiana de 1870 y acabó trágicamente con la destrucción del campo francés en el contexto de otro conflicto mundial, la mortífera Gran Guerra. Aquella guerra sirvió incluso para reforzar el patriotismo francés y que el simbolismo nacional inundara las plazas de todos los pueblos y ciudades del hexágono. Después, a los monolitos erigidos en memoria de los caídos en la guerra del 1914 añadirían los muertos de la Segunda Guerra Mundial. Todo suma en aras a “cohesionar” el estado nación.

Los catalanes somos una anomalía. No somos el único caso en el mundo, pero formamos parte de los grupos nacionales que han resistido el embate de la mayoría nacional dominante con la que comparten el estado

Los catalanes somos, en este sentido, una anomalía. No somos el único caso en el mundo, pero formamos parte de los grupos nacionales que han resistido el embate de la mayoría nacional dominante con la que comparten el Estado. A pesar de que habríamos podido sucumbir a la nacionalización española después de la derrota del 1714 y de la asimilación de las clases dirigentes catalanas, que se sumaron con más o menos entusiasmo a la España borbónica, la realidad es que no fue así. Vivimos el conflicto que estamos viviendo porque la asimilación españolista de los catalanes no ha sido completa, a pesar de que, como diría la profesora Liah Greenfeld —una de las grandes especialistas sobre los desarrollo del nacionalismo estatista en el mundo—, España habría tenido que seguir el modelo colectivista y cívico de nacionalización propiciado por los franceses. No voy a entrar a discutir ahora lo que todavía hoy es un debate académico de largo alcance sobre la oposición entre los distintos tipos de nacionalismo. No vale la pena, solo quiero remarcar que, a pesar de los orígenes, España no se parece en nada a Francia por el predominio entre las élites castellanas de aquel “¡que inventen ellos!”, la frase lapidaria con la que Miquel de Unamuno manifestó a José Ortega y Gasset su africanismo antieuropeísta. Remachó aquella frase con otra afirmación típicamente española: “nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones”. Pasado por la criba del franquismo, la máxima unamuniana contra los adelantos científicos se convierte en un “¡a por ellos!” xenófobo con el que varias ciudades españolas aclaman a la Guardia Civil que marcha hacía Catalunya para reprimir el 1-O. Para reprimir la democracia. Han transcurrido 100 años entre un hecho y el otro y el comportamiento es el mismo. Los dos están fuera de su tiempo.

Si hemos llegado hasta aquí, ‘donec perficiam’. Al fin y al cabo, los datos demoscópicos revelan que las candidaturas soberanistas se impondrán a las unionistas y que se repetirá la mayoría que apoyaba al Govern destituido por el tripartito del 155. Es evidente que los soberanistas tendrán que modular los ritmos, porque resistir hasta el final y perder es una mala opción, como ya lo fue en 1714, pero todavía sería peor dar marcha atrás. Hay que deshacerse de la tradición fatalista de los catalanes. Perder con dignidad no es una alternativa. Al contrario, la dignidad solo se recupera con la victoria. Y esto es lo que tiene que ocurrir hoy. Es necesario que el bloque soberanista se imponga al unionista y es necesario, también, que Carles Puigdemont sea repuesto como presidente de la Generalitat mientras el PP de Mariano Rajoy se convierte en un partido residual en Catalunya. Este será el mensaje que tendrá un impacto real en la UE. Porque, a pesar de lo que afirmen públicamente los portavoces de la UE, el movimiento soberanista catalán es hoy un reto para Europa. Lo que ha pasado durante los últimos años, pero especialmente desde el 1-O, tiene una dimensión europea de primer orden. Si el electorado catalán revalida la mayoría que ya tenía y el PP queda reducido a un simple estorbo, ¿cómo creen ustedes que recibirán los líderes europeos a Mariano Rajoy en la próxima cumbre?

Es evidente que los soberanistas tendrán que modular los ritmos, porque resistir hasta el final y perder es una mala opción, como ya lo fue en 1714, pero todavía sería peor dar marcha atrás

“La patria es un préstamo de nuestros hijos y no tan solo una herencia de nuestros padres”, escuché que decía el conseller Josep Rull en un almuerzo de campaña. Es un pensamiento de resonancias modernas que se parece a la máxima que soltó el artista valenciano y comunista Josep Renau cuando volvió del exilio, y que es, por lo menos para mí, una gran declaración de principios: “Tengo nostalgia del futuro”. Añorar el pasado es inútil. Es una forma de conservadurismo. Lo realmente sano es añorar lo que todavía no hemos vivido y, en todo caso, fundamentarlo en la tradición que nos es propia. Cuando Barack Obama irrumpió en la política norteamericana en la Convención Nacional Demócrata del 27 de julio de 2004, pronunció un discurso para expresar su apoyo al candidato John Kerry que causó un gran impacto. La audacia de la esperanza, así es como Obama tituló su texto. Y un todavía desconocido Obama se sirvió de uno de los primeros lemas nacionales de los Estados Unidos, ‘E pluribus unum‘, que quiere decir ‘de todos, uno’, para reclamar que la nostalgia del futuro sirviera para superar las fracturas recibidas en herencia con la edificación de una sola nación. Toda esperanza se fundamenta en la creencia de que un individuo puede perseguir su sueño particular —y creer en los pequeños milagros íntimos— a la vez que él mismo se reconoce como miembro de una colectividad que lo trasciende. Este es el nacionalismo típicamente anglosajón, individualista y cívico, que dio los primeros pasos entre la aristocracia inglesa de la época de los Tudor, en el siglo XVI, y que empujó a Obama a creer en la gran familia norteamericana. Cuanto más pasan los años, más convencido estoy de que a los catalanes nos conviene este tipo de nacionalismo, alejado del francés, del que somos hijos, como los españoles.

La brutalidad del nacionalismo español se ha cargado la convivencia en Catalunya. La tensión entre civilismo y militarismo, tan típica de la idiosincrasia española —como ya apuntó hace muchos, muchos años el gran historiador Carlos Seco Serrano—, ha violentado la democracia en Catalunya, aunque los españoles demócratas no se den cuenta. En la actualidad no es necesario bombardear Barcelona ni exponer en la calle la cabeza decapitada y enjaulada del general Moragues, el héroe de la resistencia catalana de 1714, ni fusilar a nadie. Ahora solo es necesario que un juez se ponga al servicio del poder para enchironar a los opositores y facilitar los deseos de venganza españolista del PP, Ciudadanos, PSOE y Podemos (en este caso por boca de Juan Carlos Monedero y Carolina Bescansa). ¡En fin! Este 21-D los catalanes y catalanas tienen la oportunidad de repetir la audacia del 1-O para volver a derrotar al unionismo. “Si vosotros sentís la misma energía que yo, la misma esperanza que yo”, proclamaba Obama aquella noche de verano que destacó por primera vez, y “si todos hacemos lo que tenemos que hacer, no me cabe ninguna duda de que esta nación recuperará un futuro prometedor, saldrá de este largo periodo de oscura política y los días por venir serán mejores”. Votad en conciencia, pues, votad para conseguir con éxito la restauración del Govern legítimo de Catalunya.

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